lunes, 16 de diciembre de 2013

¿Ha vuelto el PSOE?

El Gobierno y el partido de Mariano Rajoy celebran estos días dos años al frente de La Moncloa. Motivos no les faltan: a pesar de que el paro siga desbocado, que el caso Bárcenas les sople la nuca y que la credibilidad y popularidad de sus dirigentes se hunda bajo mínimos, enfrente no acaba de cuajar una alternativa de gobierno que les enfríe esa falsa alegría del aniversario.

"El PSOE ha vuelto". Fue el mensaje que los socialistas reunidos en Madrid en su Conferencia Política de hace dos semanas trataron de trasladar a la sociedad. Al margen de los juegos de palabras que permite y a que invita el eslogan, pienso que la izquierda española tiene ante sí tres grandes retos para volver a ser un partido de mayorías y de gobierno. Y, sinceramente, no sé si el PSOE los ha abordado con suficiente profundidad en el citado cónclave del que ya poco o nada se habla.

Lo primero sería devolvernos la ilusión en la política y en la utopía racional a laa gentes progresistas. El neoliberalismo nos ha metido en un programa de recortes a todos los niveles que supone una pérdida de derechos histórica, una amenaza a la democracia entendida también como justicia social necesaria y un nuevo reparto de la riqueza al gusto exclusivo del capital. Lo suyo no es un recetario técnico para salir de la crisis tanto como un programa político de redistribución histórica de las rentas entre los grupos de ciudadanos, entre las clases sociales.

Un partido que desde la izquierda aspira a la mayoría social y a hacer posibles sus propuestas desde la gestión gubernamental tiene que plantear una lectura global y unas medidas concretas y creíbles para atajar esta crisis económica. Posiblemente sean necesarias ahí algunas medidas de choque a corto plazo. Pero la receta del futuro no pasa por respaldar o por oponerse a los recortes sin más. Hace falta una alternativa global. Desde el 15-M hasta los teóricos del Decrecimiento, pasando por los defensores de la Economía del Bien Común, son muchas las personas y movimientos que están poniendo su modelo alternativo encima de la mesa. Y basándose en estas u otras medidas, la izquierda en general, y la socialdemocracia española en particular, debería dibujar la utopía creíble hacia la que caminar. Y, a partir de ahí, articular un relato que consiga convencer, hacer visible sin dificultad y emocionar a la mayoría, otorgando credibilidad a un modelo alternativo y diferente del que nos ha traído a la situación en la que nos encontramos. Eso no ha salido de la pasada Conferencia del PSOE.

El segundo gran reto tiene que ver con la actualización del acuerdo constitucional. Los años no pasan en vano y las bases que no han podido tocarse desde la Transición han quedado desfasadas y demandan un tratamiento valiente y acorde a los tiempos (monarquía, organización territorial, relaciones del Estado con la Iglesia…).

Por supuesto que no es ni bueno ni necesario que cada nueva generación viva un proceso constituyente. Pero tampoco la intangibilidad de nuestra Constitución -salvo excepciones a contrapié de lo que señalo- es la receta si se quiere que ésta siga dibujando el escenario y marcando las reglas del juego entre los ciudadanos españoles del siglo XXI. De esto tampoco habló en profundidad el PSOE en su pasada Conferencia, más allá de del despliegue de alguna receta perdida todavía en la abstracción como respuesta política concreta.

Finalmente está la regeneración democrática, tanto de puertas hacia adentro del partido, como de puertas hacia afuera. La política y los políticos son el tercer problema para la gente. En el Congreso en el que Pérez Rubalcaba fue elegido, hace ya casi dos años, se adquirió el compromiso de avanzar en el camino de la regeneración. Un camino basado en medidas de radical transparencia, que supondrían el germen de mejores mecanismos para la prevención de la corrupción, así como de nuevos cauces de participación política y de rendición de cuentas.

Pues bien, la Conferencia del PSOE no apuntó fórmulas novedosas en este terreno, por encima de las primarias abiertas para la elección del candidato a Presidente que ya se acordaron hace dos años. Y, sobre todo, los socialistas allí presentes no asumieron el compromiso de aplicar medidas de apertura en sus procesos internos de elección y de toma de decisiones, que es lo que verdaderamente otorgaría credibilidad. Predicar con el ejemplo. No sólo no se asumió el compromiso de celebrar primarias abiertas para a la elección de los candidatos en los Ayuntamientos, sino que ni siquiera se aprobó que haya primarias para la elección de la Secretaría General del partido en los diferentes ámbitos.

Al margen de las grandes palabras y de los bienintencionados ejercicios de voluntarismo, lo que hace falta para regenerar el proyecto es voluntad, especialmente por parte de sus principales dirigentes. Al PSOE le falta credibilidad, tanto en sus respuestas como en sus representantes. Ni unas ni otros enganchan a la mayoría. Creo que eso es lo que ha faltado y sigue faltando: respuestas colectivas y actitudes personales para generar confianza. Pero el problema es que, bien pensado, si se regenerase a fondo el proyecto lo primero que tenía que pasar es que cambiaran inmediatamente los dirigentes. Y el PSOE no parece muy partidario.


(Artículo publicado en El Diario Vasco)

domingo, 1 de diciembre de 2013

Reaccionará el PSE-EE?



Después de tres derrotas electorales, los máximos dirigentes del PSE-EE prometieron regenerar el proyecto en base a un giro a la izquierda, previa renovación de las ideas, el instrumento y las personas.

A la par, comenzó un deshielo en las relaciones "por arriba" con el PNV que cristalizó en un acuerdo fiscal. La jefatura del PSE-EE trató de destacar las propuestas avanzadas del mismo y no prestó demasiada atención a quienes, desde dentro y desde fuera de sus filas, en clave de regeneración del proyecto socialista, cuestionaban la idoneidad de tal acuerdo. Se planteaba que no parecía creíble que el prometido giro a la izquierda fuese a venir de la mano de un acuerdo con la derecha nacionalista, apoyado también por el PP. La doble respuesta que se daba era que "el PNV ha aceptado todas las propuestas socialistas" y "la sociedad nos demanda una oposición útil - según los estudios de opinión -".

Ya tenemos sobre la mesa un estudio, el del Gabinete de Prospecciones Sociológicas, cuyo trabajo de campo se realizó un mes después de haberse firmado el acuerdo fiscal. Y el resultado es claro: el PNV es el único partido que incrementaría su voto si hoy hubiese unas elecciones autonómicas (+1,7 puntos). En términos políticos, parece que el acuerdo fiscal es bueno, sobre todo, para el Gobierno Vasco y el partido que lo sostiene. Un partido que se lanzó a gobernar con 27 de los 75 parlamentarios y sin haber tejido acuerdo de estabilidad alguno, incumpliendo sus promesa electoral de conformar un gobierno "fuerte y estable". Si además el acuerdo tuviera proyección presupuestaria, podría dar al Gobierno aire necesario como para afrontar la legislatura con la mayoría suficiente en los temas importantes.

De las palabras de la presidenta del PNV en Bizkaia pidiendo a los jeltzales "un lugar en sus corazones" para el acuerdo con el PSE-EE, se entiende que a su militancia no le entusiasma. Es lógico, teniendo en cuenta que el PSE-EE era hasta hace poco cuasi enemigo de la patria. Pero en los partidos toda hiel se transforma en miel si los estudios acompañan. Y parece tomar forma la idea de que, tras un primer "annus horribilis", el PNV podría estar comenzando a afianzarse al frente del Gobierno y la Lehendakaritza. Y esta no es una buena noticia para el resto de formaciones políticas, máxime si tenemos en cuenta que tanto Ardanza como Ibarretxe tardaron bastante más de un año en consolidarse al frente de la Lehendakaritza.

Para quienes en Euskadi creemos en la izquierda abierta al mundo, el escenario es aún más preocupante. Según el estudio sociológico ya citado, el PSE-EE sería el que mayor cuota electoral perdería (-3,5 puntos) y sería la única formación que se dejaría un escaño.

No hay datos suficientes como para saber si estos resultados se deben o no a la firma del acuerdo fiscal u otros factores. Pero más allá de la coyuntura, una buena parte de la militancia del PSE-EE y de "sus" electores de referencia no le perdonan el incumplimiento de la promesa de renovación de personas, de instrumento y de ideas. Porque las personas, siguen las mismas en la cúspide. Sobre el instrumento o modelo de partido, en la reciente Conferencia del PSOE ni siquiera se han aprobado las primarias para la elección de la Secretaría General del Partido. Y sobre las ideas, se sigue sin dar forma a una utopía creíble para el tiempo en el que vivimos.

Pero hay una razón más que podría debilitar la posición de la socialdemocracia vasca. Y es que si el PNV cumple sus promesas electorales, dedicará la segunda parte de la legislatura a impulsar un nuevo estatus para Euskadi. Por tanto, a pesar del acuerdo alcanzado con el PSE-EE, es probable que a partir de ahora busquen pactar "sus" temas entre abertzales. Amplios sectores del PNV consideran que hacerlo es estratégico, entre otras cosas, para disputarle ese espacio a EHBildu, hoy por hoy, la segunda fuerza política en Euskadi.

Reaccionará el PSE-EE? Somos muchos los que lo deseamos, pero el tiempo no pasa en vano.

lunes, 11 de noviembre de 2013

El cooperativismo y el futuro


Se dice que el modelo de empresa familiar - que aporta el 70% del PIB vasco y más del 60% del empleo privado - triunfa en nuestro país debido, entre otros factores, al espíritu emprendedor de los propietarios, a la estabilidad en el tiempo de los principios básicos, a la implicación directa de los accionistas en la gestión, a su proximidad a proveedores y clientes o a un mayor compromiso con el mantenimiento de los puestos de trabajo.

Casualmente, estos son también algunos de los principios inspiradores del cooperativismo vasco. Y tras lo acontecido en Fagor Electrodomésticos, me surgen tres preguntas sobre las que construiré mi reflexión. A saber: ¿ha fracasado el modelo cooperativo? ¿Es un modelo de futuro? ¿Y por qué no está más extendido?

En primer lugar, en mi opinión, no ha fracasado el modelo, sino las decisiones y la traición a alguno de los principios inspiradores del modelo. Es verdad que una vez ocurridas las cosas, es más fácil valorar si las decisiones que se tomaron fueron o no acertadas. Lo que sí es cierto es que, por lo general, la adopción de una decisión estratégica excluye la posibilidad tomar otras, hay que optar. Y no pocos cooperativistas se preguntaron en su día - y lo hacen aún hoy - por las razones que, más allá de la ambición, llevaron a Fagor a comprar Brandt. Paradójicamente, ahora la filial francesa parece tener más probabilidades de supervivencia que la ya enterrada matriz vasca. En todo caso, la decisión de invertir en esta compra a las puertas del pinchazo de la burbuja inmobiliaria, impidió optar por otras decisiones estratégicas que, a la luz de lo acontecido, podrían haber sido más acertadas.
Como tampoco es acertado no predicar con el ejemplo. Fagor ha podido presumir de haber llevado a la práctica la filosofía que Arizmendiarreta ideó hace cinco décadas. Pero por lo que cuentan muchos cooperativistas - la mayoría en la intimidad, quizás por su corresponsabilidad en lo ocurrido -, hace tiempo que desapareció el compromiso con la información clara, con la transparencia, que es una condición básica para la participación de calidad por parte de los socios. Y ello, a buen seguro, impidió que las decisiones de la mayoría de los cooperativistas se adoptasen con el suficiente criterio.

Así pues, insisto, lo que está en crisis no es el cooperativismo. Más bien está en crisis una forma actual de gestionar las empresas - bastante extendida, por desgracia - basada en la opacidad, en la verticalidad en la toma de decisiones y en el canibalismo económico.

Segunda cuestión: ¿es el cooperativismo un modelo de futuro? Algunos de los teóricos que predican un desarrollo económico y social alternativo, como por ejemplo los defensores del Decrecimiento o los de la Economía del Bien Común, plantean que deberíamos borrar del mercado el concepto de competencia y sustituirlo por el cooperación. Para ello proponen una panoplia medidas que irían desde el estímulo a los negocios que reduzcan a la mínima expresión la huella ecológica, hasta la reducción de la brecha salarial entre quienes más y menos cobran en empresa, pasando por la radical transparencia en la gestión. Una de las líneas estratégicas de este tipo de movimientos alternativos es el impulso decidido al modelo cooperativo.

Son muchas las empresas que, inspiradas o no en estos movimientos, están llevando esta teoría a la práctica. Con frecuencia, se alude como ejemplo a las empresas que componen Ner Group. Pero también hay entre nosotros más empresas que se están inspirando en filosofías similares, y con mucho éxito, por cierto.

De modo que mi respuesta es sí, el cooperativismo bien practicado es un modelo de futuro y para un futuro mejor. Radicalmente sí.

Y tercera cuestión: ¿por qué entonces el modelo cooperativo no está más extendido? En mi opinión, hay dos razones fundamentales. Una razón es que no tenemos una cultura del riesgo y del emprendimiento. Un reciente estudio publicado por Hiscox revela que un 50% de la población de los países más "avanzados" consideramos que nuestra cultura incentiva la aversión al riesgo. En el mismo estudio se indica que un 80% de los españoles consideramos que nuestro sistema educativo no fomenta la iniciativa. Esto explica que mayoritariamente no iniciemos nuestro propio negocio o no aspiremos a arriesgar en un proyecto cooperativo.

La otra razón a la que aludía es que, a pesar de la realidad descrita y de la brutal situación de crisis en la que nos encontramos, las instituciones - y quienes las dirigen - no terminan de tomarse en serio la necesidad de un cambio hacia un modelo económico-social radicalmente distinto. Y este es un hecho que, lejos de librarnos de culpa al resto de la sociedad, nos interpela directamente. En demasiadas ocasiones, pareciéramos estar esperando a que alguien viniera desde algún lugar remoto a contarnos cómo salimos del atolladero en el que estamos. Sin embargo, hemos de ser conscientes de que si cada uno aplica en su casa, en su ciudad, en su organización o en su empresa medidas de reparto justo, de cooperación, de transparencia, de fomento de la corresponsabilidad o de impulso a la imaginación y la innovación, el curso de la Historia cambiará. Pongámonos a ello.


(Artículo publicado en los diarios vascos de VOCENTO)

jueves, 7 de noviembre de 2013

Los tres grandes retos de la Conferencia del PSOE

Una de las cosas que se han hecho en diferentes foros en los últimos meses, y con muchos y muy buenos argumentos, ha sido analizar los factores que han sumido a la socialdemocracia en general, y a la española en particular, en la depresión en la que se encuentra. En ese sentido, y aprovechando la oportunidad que nos brinda la Conferencia del PSOE, he considerado interesante centrarme en el futuro y en las propuestas que podrían o deberían salir del cónclave socialista.

Considero que, para comenzar a recuperar la credibilidad perdida y conectar con nuevas realidades y capas sociales, son tres los grandes retos que debería abordar el PSOE, como principal estandarte de la izquierda española que aún hoy es: la construcción de la utopía en el terreno socio-económico; la actualización del acuerdo constitucional; y la regeneración democrática.

En cuanto al primer gran reto, es obvio que para salir del atolladero en el que nos ha metido la política de austeridad, la receta no puede ser más austeridad, más recortes y más impuestos (a los trabajadores y clases medias, ya en peligro de extinción). Resulta indignante observar cómo aún hoy se sigue aplicando una política que está resultando nefasta para las PYMES, que siguen echando la persiana con pedidos sobre la mesa que la falta de financiación invalida, y para las familias, que ven cómo van reduciéndose el número de sus miembros que aguantan en el mercado laboral. Una política que está resultando nefasta para la mayoría de la gente, especialmente para la más necesitada, agrandando la brecha entre ricos y pobres e incrementando el número de estos últimos. Como muestra, un botón: el último informe sobre desigualdad de Cáritas indica que en torno al 21% de la población en España vive en pobreza “relativa”, con 7.300€ al año; y que más del 6% vive en pobreza “severa”, cobrando 3.650 € al año.

Ante esta realidad, sin duda son necesarias las medidas de choque a corto plazo. Pero pedir flexibilidad en el cumplimiento de los objetivos fijados por la Troika o, en el mejor de los casos, oponerse las directrices que esta predica “urbi et orbi”, es insuficiente en el objetivo de sostener nuestro modelo de solidaridad en el medio y largo plazo.

Desde el 15-M, hasta los teóricos del Decrecimiento, pasando por los defensores de la Economía del Bien Común, son muchas las personas y movimientos que están poniendo alternativas globales encima de la mesa. Y basándose en estas u otras medidas, la izquierda en general, y la socialdemocracia española en particular, ha de dibujar la utopía hacia la que caminar. Y, a partir de ahí, articular un relato que consiga emocionar a la mayoría y que suponga en la práctica un modelo alternativo al que nos ha traído a la situación en la que nos encontramos. Ese es, en mi opinión, el primer gran reto de la Conferencia socialista.

El segundo gran reto sería la actualización del acuerdo constitucional. No es un tema menor, pero sí se puede explicar de forma más breve que el primero. Pienso que el PSOE debería plantear la reforma de un par de cuestiones consideradas hasta hoy totémicas para esta formación política (y para algunas otras): un cambio en el modelo de Estado, empezando por la forma y modo de elección de la Jefatura del mismo; y una modificación a fondo de relación Estado-Iglesia.

Es obvio que, al margen de la ejemplaridad en algunos aspectos del proceso de Transición, los años no pasan en vano y, por tanto, algunas de las cuestiones que entonces no pudieron tocarse, hoy requerirían de una adaptación sustancial. Pero es que, además de esta necesidad de revisión impuesta por el paso del tiempo, el PSOE necesita dar ese paso en aras a sintonizar con los sectores más progresistas de la sociedad.

Finalmente, el tercer gran reto que tiene por delante la Conferencia socialista es el de la regeneración democrática, tanto de puertas hacia adentro, como de puertas hacia afuera.

Los partidos y las principales instituciones de representación y gobierno atraviesan el peor momento en los últimos 35 años en nuestro país. “La política y los políticos” son el tercer problema para los españoles desde hace ya demasiado tiempo. Y en el Congreso en el que Pérez Rubalcaba fue elegido, hace ya casi dos años, cuando esta realidad ya existía, se adquirió el compromiso de avanzar en el camino de la regeneración. Un camino basado en medidas de radical transparencia, que supondrían el germen de mejores mecanismos para la prevención de la corrupción, así como de nuevos mecanismos de participación política y de rendición de cuentas.

El éxito de la Conferencia del PSOE también depende en gran medida de que sea capaz de dar con fórmulas novedosas en este terreno. Y, sobre todo, de que las empiece a aplicar primero en sus procesos internos de elección y de toma de decisiones. Porque tal y como están las cosas, sólo habiendo predicado con el ejemplo, podrá presentarse ante la opinión pública con el ánimo de recuperar la credibilidad, cuya ausencia constituye hoy su principal problema.


(Artículo publicado en eldiarionorte.es)

jueves, 24 de octubre de 2013

Una docena de frases que dice el jefe para no dar el relevo en su empresa

En España 8,5 de cada 10 empresas son familiares y su aportación al PIB y a la creación de empleo privado es del 70%. Con estos datos, huelga decir que la empresa familiar es capital en términos de generación de riqueza y empleo.
Además de todos los retos que tiene nuestro tejido empresarial (crecimiento de la cifra de negocio, innovación e internacionalización, profesionalización de la gestión, etc.), la empresa familiar corre un riesgo particular: la mala gestión del relevo generacional.

Todos vamos cumpliendo años, pero en raras ocasiones somos capaces de ver el momento oportuno para dar el testigo y, en demasiadas ocasiones, improvisamos. Así, en nuestro país la mortalidad de la empresa familiar es del 85% en términos absolutos: de cada 100 empresas familiares, sólo 30 superan el tránsito de la primera a la segunda generación; y de las 30 anteriores, sólo 15 pasan a la tercera generación.

En este post señalo 12 excusas (que no razones) en forma de frases, que se arguyen por parte de las y (sobre todo) los patrones para no dar paso a sus vástagos:

1. Si las cosas van bien, por qué cambiar?
Reacción lógica que obedece a nuestra endémica alergia al cambio. Lo que no significa necesariamente que las cosas vayan bien…

2. ¿Por qué tengo que retirarme si esta es mi empresa?
Pues porque los años pasan para todos o, si se prefiere, porque lo dice una ley: la de la Biología.

3. Sin mí la empresa está condenada al fracaso
A estas alturas de nuestra existencia, hay quienes siguen pensando que son imprescindibles…

4. Mi hijo/a no está preparado/a, aún no sabe lo que tiene que saber
Y esto se suele decir con la “criatura” con los 40 años ya cumplidos, dos hijos, una licenciatura, un MBA y más de una década de experiencia laboral.

5. Nadie puede hacerlo como yo lo hago
Y quién certifica que la aplicada hasta el momento sea la fórmula del éxito?

6. Estoy rodeado de gente que no da la talla
Si esto fuera cierto, hasta qué punto no es el propio patrón el responsable de la situación? Por otro lado, se ha preguntado alguna vez el patrón si él mismo da la talla?

7. Es cierto que las cosas no van bien, pero aquí estamos después de 40 años… Y quién me asegura que quienes vengan detrás van a hacerlo mejor que yo?
Efectivamente, nadie lo puede asegurar. Lo que sí es seguro que, en esta situación, si no cambias, la realidad te puede pasar por encima.

8. El relevo no se planifica. Quien quiera llevar la empresa en el futuro, empujará
Sí, salvo que el patrón no note los empujones que le vienen dando hace años y su mejor capital humano acabe abandonando la empresa, como nuestros jóvenes abandonan el país.

9. No me puedo permitir el retiro
Generalmente esta excusa esconde detrás una preocupación.

10. Me encanta lo que hago, no necesito retirarme
En esta ocurre lo mismo que en la anterior.

11. Y si me retiro, ¿a qué me dedico entonces?
Esta excusa empieza a darnos una pista de lo que esconden las dos anteriores.

12. Esta empresa es mi vida, no sabría hacer otra cosa
Esta es la preocupación que verdaderamente esconden las excusas 9, 10 y 11: que hay quienes piensan que la empresa es su vida, su única vida… Y lo malo es que es cierto en demasiados casos!

Para evitar someter a la empresa a más tensiones de las que ya nos acucian, hace falta poner en marcha una estrategia de planificación y preparación del tránsito. Y esta, como cualquier otra estrategia empresarial, ni se improvisa, ni vendrá por inspiración divina, ni la facilitará el “infalible” olfato del patrón.
Pero por encima de todo, hace falta aprender a disfrutar del resto de las cosas que, además del trabajo, nos ofrece la vida!


PD. Si cambiásemos “empresa” por “partido político”, la cosa no cambiaría demasiado… ¡y así nos va!


Artículo publicado en unadocedade.com


jueves, 17 de octubre de 2013

Predicar con el ejemplo

Hace tiempo que muchos venimos diciendo que no hace falta que cambie el socialismo internacional para cambiar la forma de practicarlo aquí, en nuestro barrio, en nuestra ciudad, en nuestro territorio. Por suerte o por desgracia, ni Hollande ni Obama van a dispensarnos la luz que miles de ciudadanos llevamos esperando ya demasiado tiempo. Hacer las cosas mejor aquí, depende de quienes estamos aquí, ni más ni menos.

Siendo cierto que la política arrastra una crisis de credibilidad general, soy de los que cree que ésta no va a sobrevenir de un plumazo, sino que habrá que ir ganándola poco a poco, de abajo hacia arriba. Y en ese objetivo es fundamental predicar con el ejemplo. Poca credibilidad ganaremos fuera, si no somos capaces de ganarla primero dentro.

A partir de esta reflexión nace esta comunicación:

domingo, 29 de septiembre de 2013

Acuerdo PNV-PSE-EE: bueno para el Gobierno, no tanto para el PSE-EE

El acuerdo es la esencia de la política. Los partidos políticos representan diferentes "porciones" (sectores, intereses, ideologías,...) de la sociedad, de eso se trata, de lo contrario estaríamos ante un fraude. Pero cuando son capaces de renunciar a la defensa de una parte (mayor o menor) de sus respectivas "porciones", es cuando la política adquiere sentido. Especialmente en la actual coyuntura económica, y especialmente en Euskadi, donde lejos de ver la luz, parecemos estar aún en medio de un gran túnel.

En este sentido (socialmente), el acuerdo suscrito hace unos días por el PNV y el PSE-EE, es bueno. Un acuerdo que, por lo que se dice tanto en público como en privado, va más allá de lo que reflejan los papeles que se han hecho públicos (cierto es que faltan muchas cosas por aclarar).

A la luz de lo escrito, oído y visto por uno, la opiníon general indica que el acuerdo es bueno, en especial, para el gobierno. No hay que olvidar que el lehendakari Urkullu y el PNV se lanzaron a gobernar con 27 de los 75 parlamentarios de la Cámara vasca y sin haber tejido acuerdo de estabilidad alguno (después de haberse comprometido con la conformación de un gobierno "fuerte y estable"). Lógicamente, un acuerdo en materia económica-fiscal-presupuestaria, podría dar al Gobierno Vasco el aire suficiente como para afrontar toda la legislatura con la mayoría suficiente en los temas importantes.

Pero mientras que desde el punto de vista social e institucional el acuerdo parecería bueno, ¿qué hay de las perspectivas partidistas?

En principio, no creo yo que la militancia del PNV haya acogido con especial entusiasmo un acuerdo con quienes hasta hace apenas unos meses encarnaban un cuasi enemigo, tanto del PNV como de lo vasco. Lo dejó a las claras la presidenta del PNV en Bizkaia hace unos días, cuando pedía a la militancia jeltzale "un lugar en sus corazones" para el acuerdo con el PSE-EE.

De cualquier modo, en el seno de los partidos, toda hiel se transforma en miel si los estudios (y, sobre todo, los resultados) electorales acompañan. En este sentido, el futuro cercano juega en favor del PNV.

El horizonte para el PSE-EE no parece tan despejado. Tras una serie de dolorosas derrotas electorales (municipales 2011, generales 2011 y autonómicas 2012), los máximos dirigentes del PSE-EE se conjuraron en los pasados procesos Congresuales del partido a regenerar el proyecto socialista en base a dos ejes:
- renovar las ideas, el instrumento y las personas;
- un giro a la izquierda.

En cuanto al primer eje de regeneración, es de dominio público que no se renovaron las personas que están en la cúspide de la organización, ni en los territorios ni en el ámbito vasco. También se sabe que no se renovó el instrumento, el modo de organizarse hacia adentro y hacia afuera del partido, aplazando los principales cambios en el funcionamiento del mismo a la Conferencia de Organización del PSOE (que, a su vez, también ha sufrido varios aplazamientos). Y tampoco se renovaron las ideas, en la medida en que se da por bueno (y así lo acreditan las resoluciones congresuales) que el rumbo futuro del PSE-EE debe girar en torno a la hoja de ruta fijada por el Gobierno en la pasada legislatura. En este sentido, no creo que el grueso de la militancia haga suyo un acuerdo de este calibre sin haber realizado previamente los "deberes".

Respecto del segundo eje de regeneración, el famoso giro a la izquierda, no parece razonable pensar que este vaya a venir de la mano de un acuerdo con la derecha nacionalista vasca. Pienso yo que por más que se traten de destacar las propuestas avanzadas del acuerdo con el PNV (que las hay, y muchas), la ciudadanía progresista vasca no va a entender como de izquierdas y/o socialistas las propuestas que vaya a poner en práctica un gobierno del PNV. Y la posición será más incomprensible aún si finalmente el PP entra a apoyar o facilitar el acuerdo.

Pero es que, además de otras de carácter más estrictamente doméstico, hay un una razón más que podría debilitar la posición de la socialdemocracia vasca a corto plazo. Y es que si el PNV cumple con sus promesas electorales, dedicará la segunda parte de la legislatura a impulsar un nuevo estatus para Euskadi. Por tanto, a pesar del acuerdo de alto contenido socio-económico alcanzado con el PSE-EE, posteriormente, tratarán de pactar entre abertzales sobre "sus" temas. El PNV se verá obligado a ello porque, entre otras cosas, lo necesita para disputarle ese espacio a EHBildu, hoy por hoy, la segunda fuerza política en Euskadi. ¿Qué hará (o haría) entonces el PSE-EE?

domingo, 22 de septiembre de 2013

Regenerar la política, regenerar la empresa

El modelo de empresa familiar triunfa en nuestro país debido, entre otros muchos factores, al espíritu dinámico y emprendedor de los propietarios; a la estabilidad en el tiempo de los principios y líneas estratégicas básicas; a la implicación directa de los accionistas en la gestión de la empresa; a su gran capacidad de adaptación al medio; a su proximidad a proveedores y clientes; y a un mayor compromiso con los trabajadores y el mantenimiento de los puestos de trabajo.

En Euskadi 7 de cada 10 empresas son familiares (hay 115.000) y, según las Cámaras de Comercio e Industria, su aportación al PIB vasco es del 70%, creando el 60% del empleo privado. Así pues, a la luz de los datos, no es necesario detenerse demasiado en explicar que en la actividad económica, la empresa familiar es capital en términos de generación de riqueza y empleo.

La profesionalización de la gestión, el crecimiento de la cifra de negocio, la innovación tecnológica e industrial o la internacionalización, son retos que tiene todo nuestro tejido empresarial y, por tanto, también la empresa familiar. Pero hay un riesgo constante que padece el modelo de empresa familiar en el que sí me quiero detener.

El riesgo al que me refiero es que el “jefe” en pocas ocasiones ve el momento de dar paso a una nueva generación que de continuidad al negocio familiar. Los datos oficiales son elocuentes en este sentido: en toda España, de cada 100 empresas familiares, sólo 30 superan el tránsito de la primera a la segunda generación; y de las 30 anteriores, sólo 15 pasan a la tercera generación. Conclusión: mortalidad del 85% de este tipo de negocios en términos absolutos.

Algunos empresarios pensarán aquello de “Sin mí la empresa está condenada al fracaso”. Y es lógico pensar esto, puesto que se trata de una respuesta a la tendencia natural que tenemos los seres humanos de mantenernos en las zonas que consideramos seguras, estables. Es una reacción que obedece a nuestra endémica alergia al cambio, especialmente cuando las cosas nos van bien. Pero la experiencia demuestra que con una buena gestión del relevo generacional dentro de la empresa, se abre paso a nuevas ideas y posibilidades de negocio. Y eso no se hace de un día para otro, hace falta tiempo y método.

Otros se preguntarán eso de “¿Por qué tengo que retirarme si esta es mi empresa?”. También tiene cierta lógica esta reacción, pero el relevo generacional es algo que se produce de forma natural en cualquier organización, y como tal debería ser abordado por el “jefe” saliente. De esa decisión dependen el futuro y la continuidad de la empresa familiar. Pero es que además, considero que uno debe retirarse voluntariamente, a tiempo y, sobre todo, pidiendo ayuda experta, para poder disfrutar felizmente de la última etapa de la vida… ¿o es acaso mejor que los hijos, los trabajadores o una crisis vengan a retirarle a uno en contra de su voluntad?

A la hora de abordar la cuestión del relevo generacional, es curioso el paralelismo que existe entre la empresa y unas organizaciones clave para el funcionamiento de nuestro sistema institucional, los partidos políticos. Llevamos años observando cómo nuevas generaciones de personas bien formadas y con nuevas ideas piden paso al frente de estas organizaciones; los mismos años que llevamos observando la resistencia a marcharse de quienes las dirigen. Y los argumentos con más predicamento suelen ser dos: que no se van porque sin su experiencia “la empresa (organización) está condenada al fracaso”; y, peor aún, que no se van porque tienen el control de la organización, que una forma más suave de decir “Por qué tengo que retirarme si la empresa (organización) es mía”. ¿Le suenan los argumentos?

¡Y así está la política! Los datos del CIS muestran de forma machacona que la política y los partidos políticos están en uno de sus momentos más bajos de credibilidad, en la medida en que son percibidos por la ciudadanía como un problema (¡el tercero!), más que como una solución. Uno de los principales factores que están lastrando la credibilidad de los grandes partidos políticos en este momento, es precisamente la falta de oxigenación, dando paso a personas “con menos mochila” al frente de los mismos. Y ya se sabe que un partido político sin credibilidad, lo pierde todo: pierde confianza ciudadana, pierde respaldo electoral, pierde representación institucional y, finalmente, pierde influencia en el rumbo de la sociedad.

Teniendo en cuenta los datos de mortalidad que se dan en la empresa familiar con el paso de generación en generación, bien harían los responsables de las empresas (familiares, o no) en tomar buena nota de uno de los males que azota a la política actual, para saber cómo no han de comportarse. E inmediatamente después, poner en marcha una estrategia para planificar y facilitar el relevo generacional cuando corresponda. Y no es necesario someter a la empresa al riesgo de hacerlo guiado por el olfato, la intuición o el voluntarismo; hay expertos que se dedican profesionalmente a gestionar estos cambios, y con mucho éxito, por cierto.


(Artículo publicado hoy en Diario Vasco)

miércoles, 31 de julio de 2013

La convivencia es cosa de todos


Hace apenas unas semanas el Gobierno Vasco presentaba “su” Plan de Paz y Convivencia. Un plan, en primer lugar, nuevo, diferente al presentado en la pasada legislatura por el Gobierno socialista. Y empezaré por confesar que no acabo de entender la manía que están adoptando los sucesivos Gobiernos de presentar un plan nuevo en cada legislatura. Porque el presentado por los socialistas, también venía a sustituir a otro anterior presentado por el ejecutivo de Ibarretxe.

No se me escapan las diferentes visiones que autonomistas y abertzales tienen en la materia de la Paz y la Convivencia. Pero es en esta materia, como en algunas otras (por ejemplo, la Educación en España), en la que se debería hacer el esfuerzo de presentar planes cuyo recorrido vaya más allá de una legislatura. Porque de entre las muchas funciones que ha de desempeñar la política, está la de anticipar el futuro y, por desgracia, asistimos en demasiadas ocasiones a una política de gestión de la contingencia, atrapada por los plazos electorales y, por tanto, sin capacidad de definir proyectos de largo alcance, que no se consideran rentables en términos electorales. Algo penoso, especialmente en este terreno, porque como los datos vienen demostrando, si hay una buena inversión para Euskadi en todos los sentidos, también en el económico, es la inversión en Paz y Convivencia.

Pero es, en segundo lugar, un plan controvertido. Y efectivamente lo es, básicamente por una razón: dice cosas con las que una parte importante de la sociedad está en perfecto acuerdo, y dice otras cosas con las que a esa misma parte de la sociedad se le ponen los pelos como escarpias. Se trataría, por tanto, de un plan “bienqueda”, y ya se sabe que cuando se intenta contentar a todos, lo que se suele conseguir es justo lo contrario.

Más allá de las cuestiones de forma, en los contenidos del plan presentado por el Gobierno Vasco sí hay un aspecto que muchos agentes político-sociales han reconocido como bueno: se plantea tomar iniciativas desde Euskadi para contrarrestar el parón – cuando no, boicoteo indisimulado – que el Gobierno del PP está imprimiendo a esta materia.

Tras décadas de esfuerzo democrático y tres procesos de paz dinamitados con otros tantos atentados, como rezaba el último grito de la ya disuelta organización Gesto por la Paz, lo hemos conseguido. Es verdad que ETA no se ha disuelto ni ha entregado las armas, y es verdad que la izquierda abertzale tiene mucho camino por recorrer para estar homologada plenamente como una fuerza democrática dotada de legitimidad en el conjunto del cuerpo electoral. Pero también es cierto que llevamos 20 meses de paz y tranquilidad en Euskadi, y el Gobierno de Rajoy no ha tomado ni una sola medida para consolidar un escenario que, aunque no parece reversible, si podría complicarse.

Hemos conseguido la paz. Ahora le toca a la política actuar. Desde el conjunto de España y en Euskadi. Y, empezando por España, no es comprensible que se dificulte una vía de reinserción de presos etarras como la vía Nanclares que, además de tener efectos beneficiosos sobre los reos y sus víctimas, contribuye sobremanera a deslegitimar los argumentos de la banda hacia los que considera “sus” presos. No es de recibo que el Gobierno de España se niegue a dialogar con los diferentes agentes que están trabajando discreta e incuestionablemente para que la disolución de ETA se produzca. No es razonable que los representantes vascos del partido del Gobierno se nieguen a hablar con quienes, tras haber asumido la ley de Partidos y el rechazo al terrorismo en los Estatutos de su nueva formación política legalizada por el Tribunal Constitucional, hoy ocupan casi un tercio de los escaños del Parlamento Vasco. Y es intolerable que el Gobierno de España se dedique a confrontar con el vasco en esta materia, como ha hecho estos días a cuenta del memorial de las víctimas.

En toda España, pero sobre todo en Euskadi, el recorrido para la consecución de la paz ha sido muy duro. Pero atravesado lo más duro, tenemos que poner en el objetivo la convivencia, que probablemente será lo más difícil. Porque hará falta valentía, acabar con prejuicios atávicos y, sobre todo, mucha innovación para que quienes encontraron en el terror el sentido a sus vidas, reconozcan el daño causado; para que quienes han crecido en el odio hacia nuestras instituciones, reconozcan ahora la legitimidad plena de las mismas; para que admitamos indubitadamente que no hay atajos en la lucha contra el terrorismo y que hay que aclarar las situaciones en las que estos fueron empleados.

No, el camino no va a ser nada fácil. Máxime, cuando debemos recorrerlo entre todos, porque la convivencia es cosa de todos. Conociendo la sociedad vasca, me cuesta mucho pensar en un camino hacia convivencia con el PP en la cuneta; como tampoco veo ese camino dejando de lado a la izquierda abertzale.

Pero, ¿por dónde empezar? Pues quizás, por lo más básico. Teniendo en cuenta los dos déficits que achacaba en el inicio al plan presentado por el Gobierno de Urkullu, probablemente lo más inteligente pensando en el futuro, sea presentar propuestas menos ambiciosas, lo que hará que el acuerdo pueda ser menos difícil y, por tanto, haya margen para darles un recorrido temporal más allá de una legislatura.

Y en el terreno de lo básico, hay ya algunas cosas hechas que deberíamos aprovechar. En el Parlamento Vasco se alcanzó un acuerdo de fondo el pasado verano, en el que una mayoría aplastante de los representantes de soberanía popular – por entonces no estaba presente EHBILDU – hicieron suyos dos principios: la necesidad de una paz con memoria y la garantía de no repetición. Esos principios, constituyen a mi juicio un suelo ético que los que estaban, los que están y los están por llegar a las instituciones, tendrán que pisar en el camino hacia la convivencia del futuro.

Como consecuencia de las dificultades que EHBILDU parece estar poniendo para la asunción integral del desarrollo de ambos principios, el foro parlamentario en el que se discuten estos asuntos en Euskadi corre el riesgo de entrar en una vía muerta, algo que sería un desastre, máxime si lo sumamos a la posición del Gobierno de España ya descrita y a la indiferencia cuasi absoluta de una sociedad que, por suerte o por desgracia, hace tiempo que ha pasado página.

Por tanto, cabe reclamar a la izquierda abertzale, que procure con sus hechos acabar con los lógicos recelos que el resto de formaciones tienen hacia su conducta. Y también cabría pedir al resto de formaciones políticas que enciendan las luces largas que les permitan observar los avances que, siquiera tímidamente o entre líneas, se están produciendo en el sentido del reconocimiento del daño causado y de su responsabilidad por parte de quienes tanto daño han hecho a la sociedad.

Se trata de que se sigan dando pasos, desde España o desde Euskadi o, mejor aún, desde ambos ámbitos a la vez. Y se están dando. Cierto es que son solo los primeros en el largo camino hacia un futuro diferente, hacia el futuro mejor. Un futuro en el que el debate público en Euskadi esté centrado en temas distintos al que ha consumido la mayor parte de la energía de varias generaciones. Un futuro en el que la izquierda y la derecha confronten democráticamente, dejando atrás el eje de discusión nacional, y en el que podamos asistir a la formación de otros gobiernos, gobiernos "normales" (hoy impensables) entre PP y PNV o entre el PSE-EE y la izquierda abertzale en nuestros ayuntamientos y en las instituciones comunes. Un futuro perpetuamente iluminado por la memoria y la voluntad de no repetición, que impida que vuelvan a aparecer las sombras que nos han impedido vernos y reconocernos en las últimas cuatro décadas.


(Artículo publicado el 16.07.13 en AGENDA PÚBLICA)






domingo, 21 de julio de 2013

¡Chivaos!


Se dice que somos un país de envidiosos. Yo no diría tanto. Sin embargo, a la luz de los discursos de los principales responsables institucionales, económicos y sociales, sí nos gusta compararnos, evocando las bondades de otros países a los que nos gustaría parecernos.

Así, por ejemplo, se suele escuchar que para converger con los países más avanzados de la UE debemos poner en práctica una fiscalidad más justa. No les falta razón a quienes lo dicen. Mientras que en España los ingresos públicos totales por habitante en 2011 fueron de unos 8.200 euros (35% del PIB), en Dinamarca, Suecia o Finlandia fueron de 24.000 (56% del PIB), 21.000 (52%) y 19.000 (53% del PIB), respectivamente. Un abismo.

Escuchamos, por ejemplo, que tenemos mucho camino que recorrer para asimilarnos a nuestros admirados países nórdicos en términos de confianza en las instituciones. Tampoco van mal encaminados quienes afirman tal cosa, porque según el último Eurobarómetro, mientras que en España quienes tienden a desconfiar del Parlamento son el 85%, en Suecia, Holanda o Dinamarca, por el contrario, quienes tienden a confiar en él representan el 68%, 53% y 46% respectivamente. Otro abismo.

Y también se escucha, se habla, se escribe y se propone cada vez más, que deberíamos luchar más y mejor contra la corrupción, así como mejorar nuestro sistema político. Efectivamente, la corrupción y la política son, según la sociedad española, el tercer y cuarto problema que tenemos, algo que también nos diferencia de las democracias más avanzadas.

No parece haber llegado aún el momento en el que los principales actores político-social-económicos se dispongan a acordar e implementar las reformas estructurales en nuestro sistema, en el sentido que la inmensa mayoría de la población está reclamando. Más bien, parecemos encontrarnos aún en medio de un momento de cambio caracterizado por la expansión propositiva. Un período en el que las propuestas sobre transparencia, debate democrático, participación o dación de cuentas son las claves de bóveda sobre las que, desde diferentes instancias sociales, políticas, económicas o intelectuales, se plantea edificar la democracia y la política del futuro.

En mi opinión, y frente a las críticas en torno a la mayor o menor solidez de las propuestas reformistas que venimos conociendo, es saludable que esto ocurra, porque la regeneración de la política en España tiene tantos prismas, que no va a haber una propuesta mágica que acabe dando la solución en un momento concreto. Será, como anticipaba, la última parte del proceso de cambio en cuyo epicentro nos encontramos.

Y yo, como firme partidario de la expansión propositiva, me sumo al debate. Pero en esta ocasión, lejos de las claves de bóveda sobre las que giran todas las propuestas.

Describía al inicio algunas de las diferencias abismales que nos separan con nuestros países admirados. Pero hay una gran diferencia más que quiero resaltar. Es una diferencia doble basada en convenciones sociales: la sobrevaloración de la picaresca y la infravaloración del chivato.

Desde la infancia vamos aprendiendo a ser pícaros, se nos inculca una forma de hacer las cosas para obtener un mayor rendimiento con el menor esfuerzo posible. También desde la infancia, en nuestro país se nos enseña a no ser chivatos y, sobre todo, a criticar y aislar socialmente a quien se chiva.

Sin menospreciar las que mencionaba al principio, considero que si fuéramos capaces de erradicar esta última doble diferencia, aportaríamos en gran medida la solución al tercer y cuarto problema de nuestra sociedad. Aquí y ahora es inconcebible que un Ministro dimita por haber empleado la picaresca de falsificar su currículum; o que a uno le echen la bronca en público por saltarse un semáforo de peatones delante de un niño y a la vista de un policía que procederá a sancionar al infractor. Ambas cosas llevan décadas ocurriendo en otras latitudes, empero.

Piense el lector en las consecuencias que la sobrevaloración de la picaresca y la infravaloración del chivato tienen para ralentizar la lucha contra la corrupción o el reseteo del bloqueado sistema político. Si nosotros y nuestros representantes, que son un reflejo de la sociedad, debemos/deben ser pícaros, ¿cómo evitar el fraude? Y, sobre todo, si marginamos/marginan al chivato, ¿cómo esperar que haya denuncias públicas ante la corrupción, la opacidad ilegal o la degeneración democrática? Porque, por ejemplo, ¿cuántos miembros del PP sabían los de Bárcenas y la contabilidad del PP desde hace años? ¿O cuántos dirigentes sabían lo que ocurría con los ERE de Andalucía?

Desde la clásica campaña “Hacienda somos todos”, hasta las medidas que en la actualidad se están considerando como necesarias – interconexión de datos hacendísticos a tiempo real, nuevo impuesto a las transacciones financieras, etc. –, el camino para terminar con la picaresca podría estar trazado.

Pero, ¿y qué hay del chivato? Mi propuesta sería que recuperemos las acepciones que la Real Academia de la Lengua atribuye al término, todas positivas, tanto en lo referido a personas adultas como a infantes. Que lo prestigiemos, que lo pongamos en valor. Que nos convirtamos en uno de ellos en la empresa, en clase, en los partidos políticos, en las instituciones. ¡Que les dediquemos un día nacional si hace falta! Pero que se acabe ya con la impunidad de quienes infringen las normas, amparados en la seguridad que les otorga la reprobación social que recibirá quien denuncie su conducta.

jueves, 11 de julio de 2013

No hay fórmulas mágicas



Los partidos y las principales instituciones de representación y gobierno atraviesan el peor momento en los últimos 35 años en España. Pero es algo que no sólo ocurre aquí. Y sean coyunturales o estructurales los motivos, parece lógico defender que debemos innovar para obtener alguna fórmula que cierre la brecha entre la política y la voluntad popular en la que se fundamenta la legitimidad democrática.

Tal y como evolucionan las cosas, es imposible plantear un futuro con certezas sobre el sistema representativo, ni sobre si la forma de democracia que vivan nuestros biznietos se anclará sobre los partidos políticos tal y como los llevamos conociendo en el último siglo. Pero en tanto en cuanto surge lo nuevo -si es que ha de surgir-, soy partidario de redefinir o reinventar lo actual, para lo que previamente hay que pasarle revista.

De entre las muchas funciones que han de desempeñar la política y los partidos, a mi juicio, las dos principales deben ser la de mediación entre la sociedad y las instituciones, y la de anticipar el futuro. Por desgracia, asistimos a la pérdida del papel de “mediación representativa”[1] que los partidos deberían desempeñar, y vivimos una política “atrapada por los plazos electorales”[2] y, por tanto, de corto recorrido.

Pérdida de la función de mediación representativa.

Habría que preguntarse, en primer término, por las razones que han llevado a la política a no desempeñar esa función de mediación. La fundamental es que la realidad ha pasado por encima de la política. La política no ha acompañado (y menos liderado) a la sociedad en el proceso de innovación que ésta ha experimentado en las últimas décadas en materia científica, económica, de relaciones sociales, telecomunicaciones, etc.  Los partidos no han cambiado en Occidente. Quienes participaron en el sistema político e institucional justo después de la Segunda Gran Guerra podrían participar en el sistema actual sin dificultad, ya que no hay grandes diferencias en lo sustancial[3]. Y este gap se multiplica si contemplamos el hecho de que, por muchos motivos, la gente hoy espera más de la democracia que lo que esperaba en el pasado[4].
 
En el artículo 2.6 de la Constitución española se da carta de naturaleza a un sistema de partidos cuyo papel es “fundamental para la participación política”. Sea como consecuencia de la recién descrita falta de acompañamiento innovador a la sociedad, sea por otro tipo de razones, lo cierto es que los partidos han ido perdiendo ese papel. ¿Cuáles podrían ser ese otro tipo de razones que dificultan el ejercicio de mediación representativa?

He aquí algunas de las posibles razones: Una. Que, a pesar de que la mayor parte de la financiación de los partidos procede de las instituciones, son ahora mismo “uno de los sectores más opacos de la sociedad”, tal y como se fundamenta en el último informe de “Compromiso y Transparencia”[5]. Dos. Tanto si es debido al sistema de listas cerradas y bloqueadas como si se debe a la falta de sosiego que preside la toma de decisiones sobre los liderazgos, éstos acaban siendo elegidos por cooptación, y no por un sistema de sana competencia entre las personas más idóneas para desempeñar la responsabilidad en cuestión. Tres. Por la propia concepción que la sociedad tiene de los partidos y que, en ocasiones, los propios partidos tienen de sí mismos (organizaciones que no deben velar por el interés general, sino por una “fracción” del mismo), la información en torno a las decisiones que se adoptan no acaba de fluir debidamente. De esta forma, las reglas de voto se convierten en arbitrarias, puesto que al no haber información suficiente se reducen las posibilidades de elegir entre una buena y una mala candidatura. Cuatro, si los partidos tuvieran más presencia (no dirección) en los diferentes movimientos sociales, o si lo que sucediese dentro de los partidos resultase de interés para los ciudadanos y, por tanto, transcendiese públicamente, “el partido (su militancia) se convertiría en un vínculo con éstos y en instrumento de “alerta temprana” para sus dirigentes”[6].

Estas razones, acompañadas de la fundamental, abonan la tesis de la necesidad de cambiar los partidos para que recuperen su función de mediadores.

Pérdida de la función de anticipar el futuro.

“La disposición al desacuerdo, al rechazo o a la disconformidad constituyen la savia de una sociedad abierta”[7]. Así pues, en la formación de la voluntad colectiva resulta imprescindible que haya autocrítica. Pero día a día comprobamos que ésta brilla por su ausencia. La rectificación no se estila, y cuando ésta se produce (por lo general, tarde), rara es la ocasión en la que viene acompañada de una clara asunción de responsabilidades y, en su caso, de una dimisión. Ejemplos podría poner decenas, pero citaré sólo tres que hemos conocido recientemente: la histórica relación del presidente gallego con un capo del narcotráfico, la moción de censura en Ponferrada o la intentona de subida salarial en forma de dietas para los cabezas de todos los grupos parlamentarios en el Parlamento de Andalucía. En los tres casos ha habido contradicciones y rectificaciones. En ninguno ha habido asunción de responsabilidades. Y de dimisiones, ¡para qué hablar!

Además, lo apuntaba anteriormente, estamos ante un modelo de partidos en el que se premia la sumisión en un sistema de elección de cargos por cooptación. Y para que este sistema perdure, los partidos han dejado ser relevantes paralos diferentes movimientos sociales, clásicos y nuevos; se evitan los debates y la deliberación abierta; no se incentiva la innovación; y, en consecuencia, se dificulta la ideación de un proyecto de futuro alternativo ante la situación económica que vivimos.

En estas circunstancias, es lógico que “el parcheo” campe a sus anchas, que las medidas coyunturales sean lo habitual y que, en la medida en que se está demasiado pendiente de los medios de comunicación y de la última encuesta, los proyectos a largo plazo no se consideren rentables en términos electorales. Como consecuencia de todo ello, obviamente, la función de anticipar el futuro desaparece.

¿Y cómo arreglamos esto?

Hace falta construir mejor democracia, ancladar en la recuperación de sus dos funciones perdidas y en base a cuatro pilares.

Para que la política recupere su función de mediación representativahacen falta medidas de transparencia y que propicien la participación democrática. Si vivimos una crisis de confianza, el nuevo contrato sociedad-instituciones debe basarse precisamente en lo que nos puede permitir recuperarla: la transparencia. Y ésta debería traducirse en medidas concretas, como que las cuentas de los partidos y fundaciones políticas se publiquen anualmente en sus webs, que se sometan a auditorías externas y que se publiciten los informes de supervisión que el Tribunal de Cuentas hace de ellas anualmente. Como que se publicite de forma accesible y periódica la evolución de las actividades y bienes de los cargos públicos. O como que se pueda conocer el destino de los dineros públicos que reciba cualquier empresa y se pueda acceder a las declaraciones de bienes y actividades de las y los responsables de las mismas (al menos en las públicas y participadas).

Para que los partidos articulen la participación que les encomienda la Constitución “hacia afuera”, primero habrían de practicarla “hacia adentro”. Así pues, es el momento de que la jefatura de los partidos se elija mediante el sistema de primarias, se empiece a abrir camino a las listas abiertas y se establezca una frecuencia mayor en la celebración de congresos para dar más oportunidades a la renovación. Es el momento de que searbitren mecanismos de consulta a la militancia y a la sociedad de referencia (simpatizantes, votantes registrados, etc.) de cara a la toma de las decisiones más importantes. Y también es el momento de buscar un acuerdo en torno a un sistema electoral más dinámico, con una mejor representatividad del voto y desbloqueando las listas al Congreso y a los Parlamentos Autonómicos. Respecto del Senado, si no se convierten en autonómicas las circunscripciones y no se transforma ya en una Cámara de representación territorial, habría que suprimirlo.

Y para que la política recupere su función de anticipar el futuro, propongo la estimulación del debate crítico y la dación de cuentas, dos prácticas a las que acompañan la aparición de nuevos liderazgos y, sobre todo, de nuevas ideas, algo clave para interpretar las soluciones ante los problemas de una sociedad en evolución vertiginosa. Y es que las estructuras internas de la mayoría de los partidos están demostrándose obsoletas a la hora de canalizar los debates necesarios, de la sociedad hacia los partidos, y en el propio interior de los mismos.

Así pues, para provocar el espíritu crítico, sería bueno evitar los debates que giren en torno a ver quién es capaz de adular más a la dirección del partido (o del gobierno), de forma que sólo se permita intervenir para manifestar los puntos de desacuerdo y discutir sobre ellos, y para aportar nuevas ideas. Como también sería democráticamente saludable poner en marcha un mecanismo que permita la revocación de un cargo en los partidos (y en las instituciones) por mala gestión, incumplimiento de programa o de las promesas que se hicieron para acceder al cargo, permitiendo que un grupo de afiliados (o ciudadanos) que detecte una mala gestión o un incumplimiento pueda provocar la celebración de una consulta interna (o referéndum), recogiendo la firma de un porcentaje significativo de la militancia (o población).

En cuanto a la dación de cuentas, hacer “visibles” para toda la ciudadanía los cargos orgánicos e institucionales de todos los partidos políticos, las responsabilidades concretas que desempeñan y la forma de contactar directamente con ellos sin necesidad de pasar por “filtros”, sería un buen paso adelante. También lo sería el hecho de que las y los parlamentarios tuvieran oficinas de atención a pie de calle en sus respectivas circunscripciones electorales. Otro paso adelante en este sentido sería dotar de más medios humanos y materiales a los Tribunales de Cuentas (y a las comisiones de garantías en los partidos políticos), ampliar su mandato, previa modificación imaginativa de la forma de elección de las y los miembros de los mismos. Como también sería un paso adelante el hecho de que personas ajenas a la institución pudieran formar parte de las Comisiones de Incompatibilidades de los Parlamentos.

Transparencia, participación, debate crítico y dación de cuentas serían los elementos que compondrían la fórmula de una democracia mejor, dispuesta a dotarse nuevamente de sus dos principales funciones.

Parto de la base de que la fórmula (y las medidas que la acompañan), por sí misma, no terminaría de un plumazo con la desafección política. No hay fórmulas mágicas. Pero también creo que, de aplicarse, abriría un camino de cambio en nuestra cultura político-democrática y, sobre todo, serviría para extenderla a otros ámbitos de la sociedad, en los que es tanto o más necesaria aún. Sólo dando ejemplo desde los partidos y desde la actividad pública se podrá empezar a exigir a la actividad privada. Y ése es el objetivo, cambiar la política para cambiar la sociedad.


[1] FERRAJOLI, L., Poderes Salvajes. La crisis de la democracia constitucional. Trotta, Madrid, 2011 (p.58).
[2] INNERARITY, D., El futuro y sus enemigos. Una defensa de la esperanza política, Paidós, Madrid, 2009 (p.14).
[3] VALLESPÍN, F., El futuro de la política, Taurus, Madrid, 2003 (p.12).
[4] ALONSO, S., KEANE, J., MERKEL, W., The future of representative democracy, Cambridge University Press, New York, 2011 (p.13).
[5] Informe Transparencia, el mejor eslogan 2012, Fundación Compromiso y Transparencia: http://www.compromisoytransparencia.com/upload/08/30/InformePartidosPoliticos2012.pdf
[6] MARAVALL, J. Mª, Las promesas políticas, Galaxia Gutenberg, Madrid, 2013 (p.55).
[7] JUDT, T., Algo va mal, Taurus, Madrid, 2010 (p.151).



(Artículo publicado en el Nº2 de la revista GALDE: http://galderak.org)