domingo, 14 de mayo de 2017

Hace falta otro 15-M


Se cumplen seis años desde que centenares de miles de personas tomaran las plazas de nuestro país de forma tan imprevista como ejemplar. El 15 de mayo de 2011 emergió un movimiento surgido de la confluencia, más o menos organizada, de diferentes asociaciones y plataformas que decidieron pasar a la acción política de forma crítica, frente al modelo de gestión económico-social que venían practicando las principales instituciones en la nueva era inaugurada por la Gran Recesión. Sin que ninguno de los actores del sistema lo viese venir, el 15M se convirtió en el acontecimiento político más relevante de lo que va de siglo en nuestro país, sirviendo de inspiración a otra constelación de movimientos de indignación que se produjeron posteriormente a nivel global.


Las razones que provocaron semejante estallido social en España fueron muchas y muy diversas, pero a mi juicio hubo dos causas críticas. Por un lado, la cartelización de los partidos y la crisis de representación política provocada por estas organizaciones, que fueron encerrándose en sí mismas y en sus dinámicas internas (y siguen haciéndolo), transmitiendo a la ciudadanía la sensación de que los problemas sociales eran ajenos a sus miembros, de modo que los principales actores del sistema suponían más un problema que una solución. Y por otro lado, la crisis económica y la pérdida de oportunidades que la acompañó, circunstancia que incrementó la desafección política e institucional, agudizando la sensación de que la política era incapaz de dominar el escenario y de aportar soluciones.

De cualquier modo, y al margen de las consideraciones sobre su origen, el 15M consiguió transmitir que sus planteamientos eran transversales e intergeneracionales, lo que seguramente se convirtiera en la clave de su tremendo éxito. El movimiento logró sumar a las plataformas promotoras y a movimientos sociales alternativos a una mayoría indignada con el estado de las cosas. Y es que al margen del número de personas que se tomaran la molestia de salir a ocupar físicamente las plazas aquellos días, en junio de aquel año, según Metroscopia, el 81% de los españoles afirmaba que “quienes participan en ese movimiento tienen razón”.

Su pretensión de cambio y sus propuestas alteraron de arriba abajo la agenda política, ante el noqueo de los principales actores del sistema. Trataron de ignorarlos, de descalificarlos y de estigmatizarlos. Finalmente retaron al movimiento, planteándole que la política se hacía en las instituciones y que, por tanto, allí les esperaban si eran capaces de organizarse.

¡Vaya que si se organizaron! El surgimiento de Podemos y, posteriormente, de Ciudadanos tiene que ver con la conversión de la indignación social en indignación política. Evidentemente, los primeros nacieron con una vocación más transformadora que los segundos, que fueron más proclives hacia las reformas en el sistema. Pero unos y otros consiguieron generalizar la sensación de que el cambio era posible, enarbolando las principales banderas del 15M. Parecía que el statu quo tocaba a su fin y que, viniendo desde atrás, unos u otros (o ambos juntos) conseguirían liderar el país e inaugurar una Segunda Transición.

Seis años después, evidentemente, se han producido cambios, pero no se ha producido el cambio. La crisis de representación es tan profunda como en mayo de 2011, sin que se hayan producido cambios en los partidos, que siguen siendo percibidos como un problema por la sociedad. Sigue habiendo una cuarta parte de la población en pobreza relativa o severa. El hecho de tener un empleo en modo alguno garantiza que uno pueda llegar a fin de mes. Seguimos viviendo, de forma especialmente cruda en los últimos días, las detestables connivencias entre el poder político y el judicial. Si cabe, está más extendida la percepción de que los casos de corrupción que son noticia a diario, forman parte de un problema sistémico. Y así podría seguir.

Mientras tanto, los viejos partidos siguen sin entender el movimiento y, por tanto, sin impulsar las reformas necesarias hacia su interior y de proyectarlas institucionalmente. Y los nuevos partidos han envejecido mucho en muy poco tiempo: los unos cometiendo el doble error de abandonar el eje transversal arriba-abajo y recogiendo las peores prácticas políticas y orgánicas del comunismo de Anguita; y los otros llevando el pragmatismo al extremo de la carencia argumental y la incoherencia. Sin minusvalorar su mérito, que lo tienen, Ciudadanos primero y Podemos después, están dejando de ser vistas como opciones de cambio real, convirtiéndose simplemente en dos actores más y reduciendo la pulsión regeneradora. Mientras tanto, una gran parte de aquel 81% de la población que pensaba que los indignados tenían razón en sus planteamientos, sigue huérfana en términos políticos.

Todo ello que me lleva a concluir que hace falta otro 15M. Desde luego, nos hace falta a todas aquellas personas que pensamos en clave de progreso, que consideramos absolutamente impresentable que siga al frente del país un partido podrido por la corrupción, que sentimos bochorno por los desvergonzados y vertiginosos cambios de posición de los nuevos partidos en determinadas materias, y que estamos hastiadas del permanente e infantil cruce de acusaciones entre los partidos de la oposición para ver quién se convierte en cabeza de ratón.

No sé ustedes, pero yo, desde luego, sigo indignado.



(Artículo publicado en EC el 15.05.17)