lunes, 24 de febrero de 2014

Debates de vuelo corto

Es muy triste comprobar el hecho de que aunque vivamos en un mismo país, en una misma comunidad, por lo general caminamos de espaldas a nuestros vecinos. Competimos, en lugar de cooperar y sumar esfuerzos. Esa parece ser la consigna. En lugar de caminar juntos hacia una mayor igualdad, peleamos para ver si somos capaces de crecer por encima del vecino, haciendo que la desigualdad se acreciente en un perverso juego de “suma cero”. Ese parece ser el destino.

En España un 26% de la gente vive en pobreza relativa o severa. Una cuarta parte de la población activa está en paro, incluyendo casi al 60% de los jóvenes. Según la ciudadanía, la corrupción es el segundo problema del país. Las instituciones democráticas, incluyendo su principal instrumento, los partidos políticos, viven la mayor crisis de legitimidad de los últimos 35 años. Ciertamente, el sistema hace aguas. Y, sin embargo, no hay dato, por escalofriante que sea, que nos haga reaccionar, que haga reaccionar a la política y provocar la apertura de un proceso de regeneración urgente.

Lógicamente, esta situación afecta a cualquier decisión que se tome, porque en la actual forma de hacer política impera el cortoplacismo. No hay espacio para la política estratégica, para la toma de decisiones racional, alejada de sentimentalismos o nacionalismos del signo que sea.

"El sentimiento de los alaveses es de agravio". "Sería un golpe moral terrible dejar a Gipuzkoa sin aeropuerto". "Bizkaia no entendería que Loiu no fuese aeropuerto cabecera". Pero, ¿de qué estamos hablando? ¿En base a qué estudios hacen los distintos responsables políticos estas afirmaciones? Y lo que es más importante, ¿alguna de ellas se hace con el objetivo de arreglar el problema?

En mi opinión, es tan desacertado como inútil abordar el asunto de la política aeroportuaria - y cualquier otra - en Euskadi desde ese prisma. Muy al contrario, para acertar en la solución ante este reto habría que dejar de lado el provincianismo mal entendido y pensar en el largo plazo. Habría que hacer una reflexión conjunta entre territorios, desde la cooperación, pensando en el bien común y, por supuesto, con ambición política, en el mejor sentido del término.

No es necesario que explique demasiado que el aeropuerto de Loiu tiene sus dificultades, especialmente en días de meteorología adversa. Hondarribi, estando abierto, forma parte del numeroso grupo de aeropuertos deficitarios de España. Y mientras tanto, con 4 kilómetros de pista y espacio adquirido para construir otra, Foronda sólo funciona de noche.

Pero abramos el prisma. Tenemos tres aeropuertos para 2,2 millones de habitantes. En la región más próspera de Alemania, Baden Wurtemberg, también tienen tres aeropuertos, pero ¡para once millones de habitantes!

Volviendo a casa, y para quienes gusten de hablar en términos de Euskal Herria, son cinco los aeropuertos que tenemos para apenas tres millones de personas. Al lado tenemos Burgos, Logroño y Santander… en total, ocho aeropuertos para 4,5 millones de habitantes. Mientras tanto, en Barcelona, para 5,5 millones de personas tienen un único aeropuerto.

En mi opinión, si es que existe, nuestro modelo no es sostenible. La pregunta es: ¿hay alguien que lo piense? Pero lo peor de todo es que no se atisba un plan de futuro, una estrategia a largo plazo en torno a esta cuestión. Y de existir, lo cierto es que nadie aporta datos a la opinión pública para que todos sepamos lo que hay en juego y si la inversión pública se hace con sentido.

Por ejemplo, ninguna de las numerosas instituciones o entidades con competencias en la materia ha presentado aún un estudio en torno al impacto que tendrá la llegada del tren de alta velocidad a nuestros vuelos. Ni sobre las ventajas de contar con un aeropuerto lo más cercano posible a alguna de las estaciones del TAV. Nadie aporta un estudio económico de lo que supondría tener un aeropuerto a siete minutos de Vitoria-Gasteiz, a veinte minutos de todo el Alto Deba, a treinta de Bilbao y a sesenta de Donostia, Pamplona, Burgos o Logroño. No he leído ningún estudio de los beneficios que reportaría a Euskadi ser la única pista de aterrizaje para vuelos transoceánicos de toda la zona norte de España y sur de Francia.

Y es una pena. En lugar de perder el tiempo en batallas estériles de vuelo corto, más valdría a nuestros legítimos representantes empezar a dibujar cómo queremos que sea Euskadi dentro de dos décadas y, a partir de ahí, empezar a tomar decisiones estratégicas. Estoy convencido de que los acuerdos serían más sencillos y, por tanto, la política más útil. Por supuesto, la desafección hacia la política también empezaría a dejar de ser un problema.


(Artículo publicado en Diario Vasco, 21.02.14)