domingo, 29 de septiembre de 2013

Acuerdo PNV-PSE-EE: bueno para el Gobierno, no tanto para el PSE-EE

El acuerdo es la esencia de la política. Los partidos políticos representan diferentes "porciones" (sectores, intereses, ideologías,...) de la sociedad, de eso se trata, de lo contrario estaríamos ante un fraude. Pero cuando son capaces de renunciar a la defensa de una parte (mayor o menor) de sus respectivas "porciones", es cuando la política adquiere sentido. Especialmente en la actual coyuntura económica, y especialmente en Euskadi, donde lejos de ver la luz, parecemos estar aún en medio de un gran túnel.

En este sentido (socialmente), el acuerdo suscrito hace unos días por el PNV y el PSE-EE, es bueno. Un acuerdo que, por lo que se dice tanto en público como en privado, va más allá de lo que reflejan los papeles que se han hecho públicos (cierto es que faltan muchas cosas por aclarar).

A la luz de lo escrito, oído y visto por uno, la opiníon general indica que el acuerdo es bueno, en especial, para el gobierno. No hay que olvidar que el lehendakari Urkullu y el PNV se lanzaron a gobernar con 27 de los 75 parlamentarios de la Cámara vasca y sin haber tejido acuerdo de estabilidad alguno (después de haberse comprometido con la conformación de un gobierno "fuerte y estable"). Lógicamente, un acuerdo en materia económica-fiscal-presupuestaria, podría dar al Gobierno Vasco el aire suficiente como para afrontar toda la legislatura con la mayoría suficiente en los temas importantes.

Pero mientras que desde el punto de vista social e institucional el acuerdo parecería bueno, ¿qué hay de las perspectivas partidistas?

En principio, no creo yo que la militancia del PNV haya acogido con especial entusiasmo un acuerdo con quienes hasta hace apenas unos meses encarnaban un cuasi enemigo, tanto del PNV como de lo vasco. Lo dejó a las claras la presidenta del PNV en Bizkaia hace unos días, cuando pedía a la militancia jeltzale "un lugar en sus corazones" para el acuerdo con el PSE-EE.

De cualquier modo, en el seno de los partidos, toda hiel se transforma en miel si los estudios (y, sobre todo, los resultados) electorales acompañan. En este sentido, el futuro cercano juega en favor del PNV.

El horizonte para el PSE-EE no parece tan despejado. Tras una serie de dolorosas derrotas electorales (municipales 2011, generales 2011 y autonómicas 2012), los máximos dirigentes del PSE-EE se conjuraron en los pasados procesos Congresuales del partido a regenerar el proyecto socialista en base a dos ejes:
- renovar las ideas, el instrumento y las personas;
- un giro a la izquierda.

En cuanto al primer eje de regeneración, es de dominio público que no se renovaron las personas que están en la cúspide de la organización, ni en los territorios ni en el ámbito vasco. También se sabe que no se renovó el instrumento, el modo de organizarse hacia adentro y hacia afuera del partido, aplazando los principales cambios en el funcionamiento del mismo a la Conferencia de Organización del PSOE (que, a su vez, también ha sufrido varios aplazamientos). Y tampoco se renovaron las ideas, en la medida en que se da por bueno (y así lo acreditan las resoluciones congresuales) que el rumbo futuro del PSE-EE debe girar en torno a la hoja de ruta fijada por el Gobierno en la pasada legislatura. En este sentido, no creo que el grueso de la militancia haga suyo un acuerdo de este calibre sin haber realizado previamente los "deberes".

Respecto del segundo eje de regeneración, el famoso giro a la izquierda, no parece razonable pensar que este vaya a venir de la mano de un acuerdo con la derecha nacionalista vasca. Pienso yo que por más que se traten de destacar las propuestas avanzadas del acuerdo con el PNV (que las hay, y muchas), la ciudadanía progresista vasca no va a entender como de izquierdas y/o socialistas las propuestas que vaya a poner en práctica un gobierno del PNV. Y la posición será más incomprensible aún si finalmente el PP entra a apoyar o facilitar el acuerdo.

Pero es que, además de otras de carácter más estrictamente doméstico, hay un una razón más que podría debilitar la posición de la socialdemocracia vasca a corto plazo. Y es que si el PNV cumple con sus promesas electorales, dedicará la segunda parte de la legislatura a impulsar un nuevo estatus para Euskadi. Por tanto, a pesar del acuerdo de alto contenido socio-económico alcanzado con el PSE-EE, posteriormente, tratarán de pactar entre abertzales sobre "sus" temas. El PNV se verá obligado a ello porque, entre otras cosas, lo necesita para disputarle ese espacio a EHBildu, hoy por hoy, la segunda fuerza política en Euskadi. ¿Qué hará (o haría) entonces el PSE-EE?

domingo, 22 de septiembre de 2013

Regenerar la política, regenerar la empresa

El modelo de empresa familiar triunfa en nuestro país debido, entre otros muchos factores, al espíritu dinámico y emprendedor de los propietarios; a la estabilidad en el tiempo de los principios y líneas estratégicas básicas; a la implicación directa de los accionistas en la gestión de la empresa; a su gran capacidad de adaptación al medio; a su proximidad a proveedores y clientes; y a un mayor compromiso con los trabajadores y el mantenimiento de los puestos de trabajo.

En Euskadi 7 de cada 10 empresas son familiares (hay 115.000) y, según las Cámaras de Comercio e Industria, su aportación al PIB vasco es del 70%, creando el 60% del empleo privado. Así pues, a la luz de los datos, no es necesario detenerse demasiado en explicar que en la actividad económica, la empresa familiar es capital en términos de generación de riqueza y empleo.

La profesionalización de la gestión, el crecimiento de la cifra de negocio, la innovación tecnológica e industrial o la internacionalización, son retos que tiene todo nuestro tejido empresarial y, por tanto, también la empresa familiar. Pero hay un riesgo constante que padece el modelo de empresa familiar en el que sí me quiero detener.

El riesgo al que me refiero es que el “jefe” en pocas ocasiones ve el momento de dar paso a una nueva generación que de continuidad al negocio familiar. Los datos oficiales son elocuentes en este sentido: en toda España, de cada 100 empresas familiares, sólo 30 superan el tránsito de la primera a la segunda generación; y de las 30 anteriores, sólo 15 pasan a la tercera generación. Conclusión: mortalidad del 85% de este tipo de negocios en términos absolutos.

Algunos empresarios pensarán aquello de “Sin mí la empresa está condenada al fracaso”. Y es lógico pensar esto, puesto que se trata de una respuesta a la tendencia natural que tenemos los seres humanos de mantenernos en las zonas que consideramos seguras, estables. Es una reacción que obedece a nuestra endémica alergia al cambio, especialmente cuando las cosas nos van bien. Pero la experiencia demuestra que con una buena gestión del relevo generacional dentro de la empresa, se abre paso a nuevas ideas y posibilidades de negocio. Y eso no se hace de un día para otro, hace falta tiempo y método.

Otros se preguntarán eso de “¿Por qué tengo que retirarme si esta es mi empresa?”. También tiene cierta lógica esta reacción, pero el relevo generacional es algo que se produce de forma natural en cualquier organización, y como tal debería ser abordado por el “jefe” saliente. De esa decisión dependen el futuro y la continuidad de la empresa familiar. Pero es que además, considero que uno debe retirarse voluntariamente, a tiempo y, sobre todo, pidiendo ayuda experta, para poder disfrutar felizmente de la última etapa de la vida… ¿o es acaso mejor que los hijos, los trabajadores o una crisis vengan a retirarle a uno en contra de su voluntad?

A la hora de abordar la cuestión del relevo generacional, es curioso el paralelismo que existe entre la empresa y unas organizaciones clave para el funcionamiento de nuestro sistema institucional, los partidos políticos. Llevamos años observando cómo nuevas generaciones de personas bien formadas y con nuevas ideas piden paso al frente de estas organizaciones; los mismos años que llevamos observando la resistencia a marcharse de quienes las dirigen. Y los argumentos con más predicamento suelen ser dos: que no se van porque sin su experiencia “la empresa (organización) está condenada al fracaso”; y, peor aún, que no se van porque tienen el control de la organización, que una forma más suave de decir “Por qué tengo que retirarme si la empresa (organización) es mía”. ¿Le suenan los argumentos?

¡Y así está la política! Los datos del CIS muestran de forma machacona que la política y los partidos políticos están en uno de sus momentos más bajos de credibilidad, en la medida en que son percibidos por la ciudadanía como un problema (¡el tercero!), más que como una solución. Uno de los principales factores que están lastrando la credibilidad de los grandes partidos políticos en este momento, es precisamente la falta de oxigenación, dando paso a personas “con menos mochila” al frente de los mismos. Y ya se sabe que un partido político sin credibilidad, lo pierde todo: pierde confianza ciudadana, pierde respaldo electoral, pierde representación institucional y, finalmente, pierde influencia en el rumbo de la sociedad.

Teniendo en cuenta los datos de mortalidad que se dan en la empresa familiar con el paso de generación en generación, bien harían los responsables de las empresas (familiares, o no) en tomar buena nota de uno de los males que azota a la política actual, para saber cómo no han de comportarse. E inmediatamente después, poner en marcha una estrategia para planificar y facilitar el relevo generacional cuando corresponda. Y no es necesario someter a la empresa al riesgo de hacerlo guiado por el olfato, la intuición o el voluntarismo; hay expertos que se dedican profesionalmente a gestionar estos cambios, y con mucho éxito, por cierto.


(Artículo publicado hoy en Diario Vasco)