viernes, 7 de abril de 2017

El 100%

Cada año en los días previos y posteriores al 8 de marzo, proliferan las noticias en torno a la importancia de la mujer en la sociedad. Este año este mismo medio sacó a la calle una magnífica, por simbólica e impactante, versión femenina del periódico. Sin embargo, me parece tanto o más importante situar en el debate público la cuestión de la igualdad entre mujeres y hombres en fechas diferentes a la efeméride en cuestión, además la actualidad nos suele brindar ocasiones para ello. Así, acabamos de saber que desde hace unos días en Islandia, uno de los países más avanzados en la materia, las empresas están obligadas por ley a demostrar que pagan igual a hombres y mujeres.

Más allá de la diferencia salarial, sería impertinente explicar que en nuestra sociedad la mayor parte de los puestos de responsabilidad son ocupados por hombres. Es una realidad irrefutable en el mundo de la empresa, en los deportes de masas, en los partidos políticos, en las instituciones de representación y gobierno, en el ámbito académico, en los medios de comunicación, en la Justicia, en las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado,…

Centrándome en el ámbito empresarial, la ley de igualdad entre mujeres y hombres aprobada en Cortes en 2007, instaura la obligación de aplicar planes de igualdad en las empresas españolas de más de 250 empleados. Sin embargo según un estudio hecho público el pasado mes de enero por Leialta, sólo el 10% de las empresas afectadas aplica o fomenta medidas de igualdad.

La citada ley recomendaba a las sociedades obligadas a presentar cuentas de pérdidas y ganancias, a incluir en sus consejos de administración a un número equilibrado de mujeres y hombres para el año 2015. Pues bien, ya estamos en 2017 y sólo el 20% de las personas que forman parte de los consejos de administración de las empresas del IBEX son mujeres. Y si “bajamos” a las empresas de más 250 empleados, el porcentaje desciende hasta el 9%.

Observo esta misma realidad también en las decenas de pequeñas y medianas empresas vascas con las que me relaciono profesionalmente. Como muestra, un botón: de las últimos 100 empresarios/propietarios con los que he tratado, sólo en 3 ocasiones mi interlocutora ha sido una mujer.

Este, el del desequilibrio entre mujeres y hombres en cuanto a la representación en los órganos directivos o de la propiedad de las empresas, es sólo uno de los aspectos relacionados con la igualdad que hay que considerar para hacer un análisis ponderado de la situación. Sin embargo, este aspecto por sí mismo tiene la suficiente entidad como para plantear la idea de fondo que aquí se pretende: en lugar de recomendar, ¿debería la ley obligar a las empresas a diseñar y aplicar políticas de igualdad?

Abordaré esta realidad en el contexto de otro mundo también tradicionalmente masculino, la política. Por primera vez en la historia del Parlamento Vasco, hay más mujeres que hombres parlamentarios. Además, cabe señalar que de los cinco partidos con representación parlamentaria, tres tienen al frente de sus respectivos grupos políticos a una mujer (Idoia Mendía – PSE-EE, Maddalen Iriarte – EHBILDU y Pili Zabala – PODEMOS), lo cual indica además que el papel de la mujer en la Cámara no es en modo alguno testimonial. ¿Habría sido esto posible sin la aprobación en Euskadi en 2005 de ley de igualdad que obligase a los partidos políticos a establecer cuotas “cremallera” entre mujeres y hombres? A mi juicio, no.

Por lo general, quienes se oponen a las cuotas suelen argumentar que lo relevante es defender la capacidad y el mérito, y no el sexo de la persona. Como si el hecho de aspirar a que haya paridad en los ámbitos de responsabilidad supusiera renunciar a la valía de las personas. Más bien al contrario. Diferentes estudios difundidos recientemente por el economista y editor de Politikon, Luis Abenza, muestran que las cuotas de igualdad incluso mejoran la preparación de los políticos, al atraer desde el mercado de trabajo hacia la política a mujeres que están mejor formadas que los hombres. Por tanto, no solo se trata de una cuestión de igualdad, sino de inteligencia como sociedad: si queremos calidad en la representación política, debemos defender y practicar la igualdad.

Los estudios en torno a la política citados en el párrafo anterior, dejan a las claras algo que parecía obvio desconociéndolos previamente: sin contar con la mujer, descontamos talento colectivo, el 50%, ni más ni menos. Principalmente por esa razón, y aunque la igualdad no es una mera cuestión de cuotas, soy un firme defensor de las mismas.

Así pues, las cuotas (y el resto de aspectos que componen las políticas integrales de igualdad) no son solo necesarias en los partidos políticos, en las instituciones de representación o en las empresas participadas por la Administración. Hay que ir más allá. Dejemos de desperdiciar la calidad del principal capital de la sociedad. Aprovechemos el 100% de nuestro capital humano.



(Artículo publicado en El Correo 07.04.17) 

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