jueves, 29 de septiembre de 2016

Es la hora del PSOE

Schumpeter popularizó en el ámbito de la economía el concepto “destrucción creativa”. Un proceso de innovación constante en virtud del cual los nuevos productos y las nuevas demandas del consumidor destruyen los viejos modelos de negocio y las anteriores empresas. Se refería a la esencia aparentemente contradictoria del capitalismo, pero la idea de que cosas nuevas sustituyen a cosas viejas se ha instalado para siempre y para todo.

Hace cinco años al PSOE se le paró el reloj, precisamente, porque no fue capaz de (re)construir un proyecto que ofertar a la sociedad ante la emergencia de nuevas demandas, que tuvieron como principal expresión al 15-M. Un movimiento que cosechó las simpatías de buena parte de la población española, más allá del juego tradicional izquierda-derecha. La dirigencia del Partido Socialista, sin embargo, no fue capaz de interpretar aquel movimiento. Incluso lo malinterpretó, achacándolo a la mano de una derecha que mecería el bullicio de las plazas durante aquellos días.

Las consecuencias de semejante desnorte han sido múltiples y críticas. La más visible, la pérdida progresiva de apoyo electoral en los últimas seis contiendas, marcando mínimos históricos a nivel general y con resultados alarmantemente bajos en lugares como Euskadi, Cataluña o Galicia.

Como es lógico, ahora todo está en cuestión. Todo y todos. Los dirigentes políticos son responsables para lo bueno y para lo malo. Por eso el cuestionamiento empieza por ahí, por las cabezas que han llevado al proyecto socialista a la situación actual. Y debería seguir por los niveles regionales y locales, no menos responsables que el federal en esos resultados.

Pero asumida la situación crítica en la que se encuentra, máxime tras los últimos movimientos a nivel federal, aquí y ahora, el PSOE tiene ante sí una gran oportunidad. Una oportunidad que no pasa por un apaño ni por una pelea de alfileres entre baronías o por conspiraciones de moqueta. La oportunidad pasa por la construcción audaz de un nuevo proyecto que recupere, si ello es aún posible, su condición original y esencial de instrumento de intervención y representación política de una parte de la ciudadanía que ahora se encuentra o desmoralizada o sencillamente huérfana. Es decir, una reconstrucción mirando hacia afuera, en absoluto hacia dentro.

Y en ese proceso reconstructor se me ocurren al menos seis ejes. En primer lugar, el PSOE tiene que formular un proyecto de desarrollo socio-económico para el país. Y lo tiene que hacer con seriedad y pragmatismo, pero también valorando lo que de positivo puedan tener propuestas alternativas a un capitalismo voraz e incontrolado, desde la economía del bien común a la circular, pasando por las valoraciones de los partidarios del decrecimiento.

En segundo lugar, el PSOE ha de forjar una posición relativa al nuevo marco jurídico-constitucional en España, que lo saque de la melé de los defensores del actual statu quo, a todas luces insostenible. Solo desde la construcción de una propuesta autónoma, sólida y compartida en esta materia podrá el PSOE (especialmente en Euskadi y Cataluña) superar la situación y centrar la agenda en las necesidades reales de la ciudadanía.

En tercer lugar, el PSOE debe romper con la dinámica de repliegue interno que viene experimentando en los últimos años. El requisito fundamental para poder ocupar un espacio central en política es parecerse a la sociedad a la que se quiere representar, incorporando a los mejores al proyecto, tengan o no carnet. Pero lejos de incorporar referentes, en el último tiempo las federaciones del partido se han dedicado a estrechar su base, prescindiendo de mucha gente válida.

En cuarto lugar, el PSOE debe proyectar con decisión a sus buenos líderes locales. Muchos municipios con gobiernos socialistas acumulan un bagaje de buen hacer y de aplicación práctica de lo mejor de la socialdemocracia que hay que aprovechar en beneficio del proyecto global. Esos gobiernos locales han generado un plantel de cuadros forjados en la gestión de problemas cotidianos. Sin embargo, consecuencia de la endogamia reinante, prosperan en el partido más los especializados en la pugna por los aparatos que los dedicados a representarlo en las instituciones y cerca de los ciudadanos.

En quinto lugar, el PSOE debe mirar a sus generaciones perdidas. Para los nacidos a partir de los 80, el socialista es un partido apagado o fuera de cobertura. Para (re)conectar con esa realidad se ha de hacer un enorme y urgente esfuerzo por otorgar responsabilidades a los socialistas de esas generaciones (o a lo que quede de ellas). Unas generaciones que puedan comprender la nueva realidad y los cambios aparejados a la extensión de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, o de una sociedad soportada en la incertidumbre y el cambio acelerado. Y también unas generaciones con la capacidad de empatizar con una nueva desigualdad, que les empuja a no disponer de la seguridad de sus padres. Unas generaciones, también, ajenas por completo a la épica del antifranquismo, de la construcción de la democracia, del establecimiento de un sistema de bienestar o de la lucha contra el terrorismo. Los tiempos han cambiado por completo y todo eso ya no les dice nada.

Y en sexto lugar, el PSOE no puede dar marcha atrás en los tímidos avances en clave de regeneración democrática que ha experimentado. Muy al contrario, ha de profundizar en las políticas de transparencia y participación (de la militancia y, especialmente, de la sociedad). Es condición sine qua non para tratar de conectar con esas generaciones perdidas.

En definitiva, el debate del próximo Comité Federal debería pasar por definir el perfil óptimo para dirigir un proceso shumpeteriano en el partido, que se lleve lo viejo e invite a pasar a lo nuevo. Porque lo importante en un instrumento de intervención social no es tanto el quién, sino el para qué. Y si se acierta en lo segundo, lo primero vendrá dado. El reloj no puede seguir parado por más tiempo. Por eso es el momento del PSOE.


(Artículo publicado en EL CORREO y EL DIARIO VASCO el 30.09.16)

lunes, 26 de septiembre de 2016

Sobre el futuro del PSE-EE y los acuerdos con el PNV en Euskadi

Tras la últimas elecciones locales y forales en Euskadi publiqué "Gobiernos de coalición: dudas confesables". Analizados por encima los datos de anoche, me reafirmo hasta en las comas.

No tengo claro que ahora el PSE-EE deba romper los acuerdos que ya tiene en Ayuntamientos y Diputaciones. Pero sí tengo claro que no debe entrar en el Gobierno Vasco. Y también creo inexcusable que se plantee en serio y sin cortapisas su proyecto de futuro en Euskadi, cueste lo que cueste. Quizás sea la última oportunidad.

Ahí dejo el artículo de junio de 2015:


Gobiernos de coalición: dudas confesables

A finales de 2013, después de tres duros varapalos electorales, especiamente en Álava, los máximos dirigentes del PSE-EE prometieron regenerar el proyecto en base a un giro a la izquierda, acompañado de una renovación profunda.

Sin solución de continuidad, y tras un deshielo express en las relaciones con el PNV, se alcanzó un acuerdo fiscal con este partido. Un acuerdo que también apoyó el PP.

Aquella decisión se adoptó bajo un doble argumento: de una parte, “el PNV aceptaba las propuestas socialistas”; y de otra parte, “la sociedad”, según los estudios de opinión, nos demandaba “una oposición útil”. Ni la impronta socialista en la política fiscal ha sido tanta, ni aquella forma de hacer oposición ha sido premiada por la sociedad.

Lo que sí es cierto es que el PSE-EE dió oxígeno a un PNV en situación agónica, que se lanzó a gobernar con 27 de los 75 parlamentarios, sin haber tejido acuerdo de estabilidad alguno. Con aquella decisión, se puso fín a un primer "annus horribilis", a partir del cual el lehendakari y su partido comenzaron a afianzarse. Recuérdese que tanto Ardanza como Ibarretxe tardaron bastante más de un año en consolidarse al frente de la Lehendakaritza.

Hoy, tras las nuevas derrotas en las europeas 2014 y en las municipales 2015, el PSE-EE ha decidido comprometer su posición (y su futuro) aún más. Ha decidido entrar a formar parte de los gobiernos con el PNV, a pesar de haber sido la cuarta fuerza política en número de votos en Euskadi. En Álava, ha ocupado la quinta posición, el peor resultado desde la Transición.

Buena parte de la militancia y de los electores de referencia del PSE-EE se sienten decepcionados y huérfanos. Decepcionados, porque las sucesivas promesas de renovación del partido no se han producido con la profundidad que requería el momento. Y huérfanos, porque siguen ver sin un relato alternativo con el que ilusionarse.

De cualquier modo, hay quienes consideran que el primer problema de la socialdemocracia es la crisis de su modelo, de la que devendrían los malos resultados. Según esta tesis, el socialismo seguirá en crisis hasta que no sea capaz de ofrecer una alternativa al modelo socio-económico actual en clave de crecimiento equitativo. Podrá gobernar e incluso ganar elecciones en algunos lugaras, especialmente como consecuencia de los efectos desastrosos de las políticas conservadoras. Pero no tendrá recorrido futuro si no construye esa alternativa.

Ante esta encrucijada, ¿coaligarse con el PNV, la “derecha nacionalista”, facilitará la búsqueda de ese camino propio y alternativo aquí en Euskadi? En mi opiníon, no.

Además, para trabajar esa alternativa, ese relato, el socialismo tendría que ser completamente permeable a lo que se está moviendo en la calle. Y, por tanto, tendría que vencer su segundo gran hándicap (no exclusivo del partido socialista): la desconexión con la realidad.

Fuera de las cuatro paredes del partido, existen colectivos y movimientos de todo tipo que defienden modelos alternativos de desarrollo y de sociedad: la Economía del Bien Común, la Economía Circular, el Decrecimiento,…, todos ellos tienen su concreción en medidas más o menos ejecutables. Probablemente una mezcla de todas estas teorías podría constituir una alternativa solvente al Capitalismo en el futuro. Y parece obvio que el socialismo debería estar en conexión permanente con estas realidades, lo que, de paso, facilitaría su propia y necesaria catarsis en clave de regeneración.

Pero, ¿estar centrados en la gestión cotidiana de los gobiernos forales y municipales, facilitará la necesaria conexión del PSE-EE con todos estos movimientos? ¿Ayudará a ganar parte de la credibilidad perdida en ese terreno el hecho de no poder apoyar las propuestas progresistas que lancen los partidos de la oposición (PODEMOS y EHBildu)? Yo creo que no.

Hay una tercera razón más que podría debilitar la posición de la socialdemocracia vasca. Como ya anunció, el PNV dedicará la segunda parte de la legislatura autonómica a impulsar un nuevo estatus para Euskadi. Y también esa, es una asignatura pendiente del socialismo vasco y del socialismo español.

Este siempre ha sido un debate ajeno a los intereses de una izquierda que, por definición (y hoy, por necesidad), es internacionalista. Tampoco existe una posición pública consensuada en esta materia, por falta de una discusión seria y desde la base. Por tanto, a medida que avance el debate, es previsible que se vuelvan a abrir las ajadas costuras del socialismo. Y posiblemente, quienes estén personalmente implicados en los gobiernos con el PNV, tendrán una visión diferente sobre la materia de la de quienes no tengan ningún tipo de dependencia.

¿Cuáles son las ventajas para el PSE-EE de formar parte de gobiernos que impulsarán y/o respaldarán una propuesta de nuevo estatus para Euskadi en clave nacionalista? No las veo.

En resumen, si se quiere dotar de un mínimo de estabilidad a los gobiernos municipales y forales, hay fórmulas distintas a la de formar gobiernos de coalición. Fórmulas que no pasen por maniatar más aún el discurso y la posiblidad de acción de un partido sin el que no se podría entender la Historia Contemporánea de Euskadi.