sábado, 26 de marzo de 2016

Pedro, Pablo y Albert

Hace ya tres meses que se celebraron las elecciones generales, sin embargo no tenemos gobierno aún. Y a pesar de la reunión que al parecer van a tener Pedro y Pablo esta semana, parece difícil que vayamos a tenerlo sin que se celebren unas nuevas elecciones. Como es lógico, Pablo no parece muy dispuesto a ser el segundo plato de Pedro, que hace unas semanas firmó un acuerdo presentado como “histórico” con Albert. Nunca un acuerdo histórico duró tan poco. Al cuarto candidato en liza ni lo cito, porque no creo que el futuro político tenga nada reservado pare él, a pesar de haber sido el partido más votado el 20-D.

Y es que, ciertamente, ni siquiera los más votados ganaron las elecciones, todos perdieron. El PP perdió 60 diputados; el PSOE no llegó a la barrera psicológica de los 100; Podemos no consiguió pasar al PSOE; y Ciudadanos, sencillamente, no cumplió las expectativas que sobre sí mismo generó.

Acostumbrados como estábamos los españoles a que unas veces ganase el uno y otras veces ganase el otro, nos quedamos desconcertados. De hecho, el nuevo escenario desconcertó hasta a sus propios protagonistas. Y así siguen a día de hoy, puesto que da la sensación de que ni siquiera ellos saben qué va a ocurrir con este asunto.

Sin embargo, a mí esta situación no me parece ningún drama. La cultura política y democrática de un país no la cambia unas elecciones. Lo relevante es que en adelante vamos a tener que acostumbrarnos que el escenario actual se repita; y sus señorías – en especial Pedro, Pablo y Albert – van a tener que aprender a gestionarlo.

De las elecciones en nuestros admirados países nórdicos resultan Parlamentos no menos fraccionados que el nuestro actual y, sin embargo, en poco tiempo forman gobiernos de coalición de amplia base con el acuerdo de varios partidos. Será que nos sacan 35 años democráticos de ventaja.


(Publicado en DNA 27.03.16)

domingo, 20 de marzo de 2016

Europa, Merkel y la marihuana

La Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados, en vigor desde 1954, explica qué es un refugiado, los derechos que le asisten, las obligaciones que tienen los Estados receptores para con estas personas, así como la obligación del refugiado de respetar la ley del país que le acoge. La cuestión es si el Estado de acogida cumple la legislación vigente o se la salta en función de la coyuntura.

El pasado viernes, Turquía y los miembros de la UE por unanimidad llegaron a un acuerdo – y se aplaudieron a sí mismos –en virtud del cual desde hoy mismo cualquier migrante irregular – lo que ahora engloba a quienes huyen de guerras – que llegue a las islas griegas será devuelto a Turquía.

Para que el incumplimiento de las normas no sea tan evidente, la UE aclara que no habrá expulsiones en masa, que los casos se tratarán uno a uno. Así, para que digiramos este quiebro inhumano a la Convención de Ginebra, se nos dice que por cada sirio que sea retornado a Turquía, otro será asentado legalmente en la UE. Así, Europa se compromete a dar cabida a 72.000 personas… Seguro que ya lo sabrán ustedes, pero sólo el pasado mes de enero llegaron por el Mediterráneo más de 73.000. ¿Qué hacemos con el resto?

Europa también tiene un plan para esto, y su dueña, Angela Merkel, lo verbalizó sin rubor: “no vamos a llegar a esas cifras porque los migrantes dejarán de llegar cuando sepan que serán retornados”. ¿Seguro que en Alemania no está legalizada la marihuana? Porque hay que haber fumado muchísimo para pensar que quien es capaz de hacer centenares de kilómetros a pie, cargado con niños, dependientes y su propia pena debido al abandono del país que le vio nacer, va a abandonar su objetivo por miedo a las democracias occidentales. Cabe la posibilidad de que nuestras democracias hayan dejado de serlo, con lo que Eduardo Madina tendría razón cuando anunciaba esta semana la defunción de lo que Europa significó alguna vez.



(Artículo publicado hoy en DNA)