domingo, 11 de octubre de 2015

Rato y el chivato

Dice el ministro de Justicia que hay que diferenciar entre el Rato político y el Rato empresario. Que las presuntas chorizadas del segundo, no tienen por qué empañar la excelente gestión del primero. Imagino que lo dirá para salvar la cara al partido al que pertenece. Lo que ocurre es que una parte de los chanchullos por los que Rato está siendo juzgado se refieren a su gestión al frente de Caja Madrid, donde fue aupado por ese mismo partido. Y otra parte de ellos comienzan en 2002, siendo todavía vicepresidente del Gobierno.

Vivimos en un país en el que sobrevaloramos la picaresca e infravaloramos al chivato. Desde la infancia vamos aprendiendo a ser pícaros; se nos inculca una forma de hacer las cosas para obtener un mayor rendimiento con el menor esfuerzo posible. Al mismo tiempo, se nos enseña a no ser chivatos y a criticar y aislar a quien se chiva.

Piense el lector en las consecuencias que ambas cuestiones tienen para ralentizar la lucha contra la corrupción o el reseteo de nuestro bloqueado sistema político. Si nosotros y nuestros representantes, debemos/deben ser pícaros, ¿cómo vamos a evitar el fraude? Y si marginamos/marginan al chivato, ¿cómo esperar que haya denuncias públicas ante la corrupción, la opacidad o la degeneración?

No deberíamos rendirnos ante lo que algunos consideran parte inherente de nuestra cultura. No estamos predeterminados a pagar de por vida las facturas sin IVA, y tampoco a guardar silencio ante los defraudadores y corruptos por el qué dirán.

Debemos prestigiar el esfuerzo y la honestidad. Pero, sobre todo, debemos alabar al chivato y, cuando proceda, convertirnos en uno de ellos: en la empresa, en clase, en los partidos, en las organizaciones,… Si no lo hacemos, jamás acabará la impunidad de quien infringe las normas, amparado en la probable reprobación social que recibirá quien le denuncie.

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