miércoles, 16 de abril de 2014

El PSOE y el PSE-EE necesitan muchos Gascos

De un tiempo a esta parte vivo la política y la acción de mi partido en España y en Euskadi desde la distancia a la que, afortunadamente, me obligan mi familia, mis estudios y mi trabajo. Sin embargo, tal y como pensaba hasta el día en el que dejé la actividad parlamentaria, pienso que la Socialdemocracia, la Izquierda sigue sumida en una grave crisis de identidad y de modelo (puertas adentro y puertas afuera, aunque hoy me centraré en este segundo).

Lógicamente, esta crisis de provoca una pérdida de cuota electoral. Aunque el hecho de que en muchos países occidentales haya sido la propia Socialdemocracia la que diera los primeros pasos en la ejecución de las políticas de la austeridad impulsadas por los conservadores, haya ayudado a esa crisis de modelo. Ello añade un problema (otro más) muy serio en materia electoral, la falta de credibilidad. Lo que explica, por ejemplo, que a pesar de llevar más de dos años gobernando y a pesar de de los malos datos (20% de las personas en pobreza relativa, 6% en pobreza, más de un 50% de paro juvenil, etc.), al Gobierno de España le sigua valiendo el argumento de la herencia recibida frente a los socialistas.

Levantando otra vez el vuelo, los datos de desigualdad y pobreza demuestran que el papel de contrapeso redistribuidor que ejercía la Socialdemocracia sobre los efectos perversos provocados por la economía de mercado, se ha agotado. Considero que el principal reto hoy para la Socialdemocracia no es buscar fórmulas para repartir mejor el crecimiento sin control, sino dar con un modelo alternativo que permita un crecimiento justo. La Socialdemocracia estará en crisis hasta que no dé con un modelo alternativo al actual en clave de crecimiento equitativo. Podrá ganar elecciones en algunos lugares, como consecuencia de los efectos desastrosos de las políticas conservadoras, pero no tendrá recorrido futuro si no da con ese modelo alternativo.

Pienso que hay dos acciones, dos actitudes que podrían facilitar ese camino: la permeabilidad y la valentía.

En cuanto a la primera, la Socialdemocracia debe ser más permeable a lo que se está “cociendo” en la calle. Hay colectivos de todo tipo que defienden modelos de desarrollo diferentes al actual, desde la Economía Circular, hasta el Decrecimiento, pasando por la Economía del Bien Común. Probablemente ninguno de esos modelos vaya a sustituir al Capitalismo a corto plazo, pero seguro que una mezcla de todos ellos podría constituir una alternativa solvente. Y la Socialdemocracia debería estar en conexión permanente con todos ellos. Esto facilitaría su propia catarsis en clave de regeneración, que también se me antoja necesaria, especialmente en España.

Pero sobre esta cuestión ya he hablado en otras ocasiones (por ejemplo en "Hay alternativas, falta voluntad"), así que no voy a repetirme.


Sí me entretendré más en la segunda acción/actitud. Quienes aspiren a liderar los proyectos de transformación deben poner las cartas boca arriba, ser valientes y lanzarse a la batalla democrática bien entendida. Con ideas y con limpieza. Con claridad y... con urgencia!!! Porque en todo proyecto, para lo bueno y para lo malo, lo fundamental son las personas.

En este sentido, y desde la distancia de la que hablaba al comienzo del post, me parece que el hecho de que Ernesto Gasco haya dado el paso de anunciar que se presentará a las elecciones primarias a la Alcaldía de Donostia, es un paso valiente. Al margen de si comparto o no el proyecto con el que quiere concurrir a la cita interna y externa, que lo desconozco aún. Al margen de si me parece o no la persona idónea para liderar una candidatura transformadora en Donostia, que no es el objeto del post de hoy. Al margen de todo, es un paso valiente del que muchos otros deberían tomar nota, y cuanto antes mejor.

Porque la situación no está para bromas. En elecciones generales, el PSOE se quedó en apenas siete millones de votos, cuando venía de once. En las elecciones autonómicas, el PSE-EE perdió en las últimas autonómicas un tercio de los votos que había obtenido cuatro años antes.

La próxima cita determinante con las urnas (por desgracia, no creo que las Europeas vayan a servir para demasiado en la clave que apunto, cuando más de la mitad de los electores se quedarán en casa y no parece que ningún "pequeño" vaya a pisar los talones a los "grandes"), son las elecciones municipales. En las últimas que se celebraron, el PSOE consiguió ganar sólo en 9 de las capitales de provincia; en las capitales vascas bajamos por encima de la media española, perdiendo (con estrépito) Vitoria-Gasteiz, Donostia y perdiendo mucho en Bilbao.

Así pues, no es razonable que haya que esperar a que pasen las europeas de mayo, para empezar a hablar del proyecto socialista para las ciudades. Y por eso hay que animar y aplaudir la valentía de quienes, como Gasco, han decidido lanzarse al ruedo de las primarias con un año de antelación a la cita con las urnas. Ojalá y muchas personas sigan ese camino, también en Donostia, en Euskadi y en el resto de municipios y capitales de España. Y ojalá que las elecciones primarias sean abiertas a toda la ciudadanía. Porque se trata de una cita que, para las gentes de Izquierda en España y en Euskadi, siempre ha resultado vital. Como dice un socialista guipuzcoano, "en el Parlamento estamos, pero los municipios somos". Pues eso.

miércoles, 9 de abril de 2014

Fracaso, fuente de éxito



Son muchas las ocasiones en las que nuestros responsables institucionales, sociales y económicos evocan las bondades de otros países a los que, en principio, nos gustaría parecernos.

Por ejemplo, se escucha con frecuencia que aún debemos recorrer un trecho para asimilarnos a nuestros admirados países nórdicos en términos de confianza en las instituciones. Y la afirmación es atinada, porque quienes tendemos a desconfiar de Parlamento en España somos el 85%, entre 20 y 40 puntos por encima de Suecia, Holanda o Dinamarca.

O también se suele escuchar – especialmente estos días, tras la presentación de las primeras medidas fruto del acuerdo fiscal alcanzado en Euskadi – que para converger con los países más avanzados de la UE, debemos hacer que la fiscalidad sea más justa. Tampoco les falta razón a quienes dicen esto. En Dinamarca, Suecia o Finlandia los ingresos públicos totales por habitante en 2011 fueron de 24.000, 21.000 y 19.000 euros respectivamente. Mientras tanto, en España fueron de 8.200 euros, de 15 a 20 puntos de diferencia sobre PIB que en los países mencionados.

Podría seguir con más ejemplos de comparaciones de este tipo. Sin embargo el objeto de mi reflexión no es poner de manifiesto lo que dicen nuestros representantes. Más bien al contrario, quiero criticar lo que no se dice.

Concretamente, teniendo en cuenta los datos de desempleo y pobreza que sufrimos en nuestro país, echo en falta que los responsables de organizaciones de todo tipo o los líderes de opinión hablen más del fracaso. De la necesidad de compartirlo. De su valor pedagógico.

El fracaso también es un valor que se defiende en algunos de los países con los que nos gusta compararnos. Son muchos los representantes políticos y empresariales que hablan de las bondades de Estados Unidos en diferentes materias. Sin embargo, pocas veces se les escucha decir que allí llegar con un par de fracasos previos a la hora de pedir un crédito para crear una empresa, no es una mala carta de presentación. Todas y todos sabemos lo que pasa aquí en las mismas circunstancias: la entidad bancaria no ve la oportunidad, sino que ve el riesgo casi en exclusiva.

Aquí el fracaso es visto como un mal que te persigue por el resto de tus días. En España y en otros muchos lugares de Europa, no existe el incentivo legal para crear y lanzar nuevos proyectos, en la medida en que el precio del fracaso es altísimo a nivel legal. Muchos expertos indican que esta situación se debe a que el concepto de “bancarrota” no está en nuestra legislación. En base a este concepto, en Estados Unidos un empresario, un emprendedor no es legalmente responsable del fracaso de su proyecto a nivel personal. Y por tanto, puede empezar de nuevo tras esa declaración de bancarrota.

Sin embargo, aquí el empresario que por las razones que sea se ve obligado a cerrar su negocio y despedir a todos sus empleados, se convierte directamente en deudor personal, independientemente de que la empresa se haya movido siempre dentro de la estricta legalidad. Y así es muy difícil levantarse después de haber sufrido el golpe de tener que cerrar. Además, en el caso de que logre recuperarse, es muy probable que lo que gane esté destinado a saldar las deudas de su proyecto fracasado. De modo que, por desgracia, la experiencia pasada se acaba convirtiendo en un lastre, en lugar de representar una ventaja para el futuro.

Pero también hay miedo al fracaso desde el punto de vista social y de la imagen. Nos enseñan desde pequeños a decir siempre que las cosas nos van bien. Se nos dice que no hay que exteriorizar los estados de ánimo adversos. No se nos inculca el efecto balsámico de compartir nuestros fracasos, nuestras derrotas.

De modo que tanto el miedo legal como el miedo social al fracaso, formarían parte de las razones que nos llevan a arriesgar menos. Como muestra, un botón. Según un estudio sobre espíritu empresarial llevado a cabo por las Cámaras de Comercio de nuestro país, el porcentaje de personas que quieren ser asalariadas es similar en España y Estados Unidos. Sin embargo, estamos 10 puntos por debajo en cuanto a la predisposición a autoemplearse.

Efectivamente, cuando uno crea su propio negocio asume el riesgo de fracasar. Y cuando uno sufre una derrota, cuando se fracasa, se pasa mal. Pero si uno consigue sobreponerse, hay muchas posibilidades de que no vuelva a repetir los comportamientos que le llevaron a esa situación. Es ahí donde se produce el aprendizaje, precursor del emprendizaje y, por tanto, la fuente de todo futuro éxito. Y en mi opinión, esto no es sólo válido para el mundo de la empresa, sino que lo es también para cualquier aspecto de la vida.

“Se sufre, pero se aprende”, es la definición que un músico español ya fallecido hacía de la vida. “El fracaso se debe convertir en éxito”, es el título de una reflexión, de un concepto, de una asignatura que debería formar parte de cualquier proceso de aprendizaje en la vida.



(Artículo publicado en El Diario Vasco 10.04.14)