Napoleón encomendó a Benjamin Constant, cabeza visible de los liberales republicanos, la redacción de la carta magna llamada La Benjamine, (...) Huelga decir que no se llegó a aplicar pero ahí está el texto del cual extraigo un artículo para esta irreverente reflexión sobre nuestra clase política. Rezaba en su artículo nº 26: "Ningún discurso escrito, salvo los informes de las comisiones y las ponencias de los ministros sobre las leyes que se presenten y las cuentas que sobre ellas se hagan, podrá ser leído en ninguna de las Cámaras". (...) Decía Constant que había observado en la vida pública que normalmente los oradores en una asamblea, obligados a hablar abundantemente y sin papeles, aunque sus preferencias fueran dirigidas hacia otro tipo de argumentación su predecesor le podía llevar a amalgamar las ideas con las suyas, provocándole un auténtico dilema. Y que de ese contraste continuo de ideas surgían las reformas sólidas, desde el mestizaje y el acuerdo. Y que, por el contrario, cuando los oradores se limitaban a leer lo redactado en los conciliábulos de sus despachos, ya no discutían, sino amplificaban; ya no escuchaban nada y a nadie, sino que aguardaban que la tribuna se liberase de su predecesor para ocuparla y leer su escrito ante un auditorio transformado en caja de resonancia. Los oradores se prodigaban sin que sus ideas se encontrasen con las de los siguientes, como dos ejércitos que desfilan en sentido opuesto, sin roce alguno, por temor a apartarse de la senda marcial trazada de antemano. Constant lamentaba que las instituciones estuvieran repletas de políticos aguardando su turno de palabra para unos minutos de gloria, a la espera de que algún acontecimiento los catapulte a la posteridad, asociando sus nombres con algún acontecimiento nacional de cierta relevancia. Quería utilizar esta reflexión (que es el extracto de un interesante
artículo de opiníon de José Luis Gómez), para decir que creo que la preocupación de Constant es compartida por muchas parlamentarias y parlamentarios. No sé si lo de subir a la tribuna sin papeles haría que fuéramos más flexibles, que alcanzásemos más acuerdos y que, en definitiva, el Parlamento sirviese para lo que fue creado (para parlamentar). Pero lo cierto es que somos unos cuantos los que, a veces, nos preguntamos para qué sirven los eternos debates en la Cámara, cuando antes de empezarlos todos sabemos con el 99% de certeza cuál va a ser el resultado final de la votación.
Desde luego, lo de llevar escrita la intervención inicial y, sobre todo, llevar escrita la réplica (como ocurre en no pocas ocasiones), no hace pensar que el parlamentario tenga intención de escuchar los argumentos del adversario. Además, el hacerlo de esta forma, le evita a uno el disgusto al que le puede someter su propia bancada por ser "blando", por "no tener las cosas claras" o, sencillamente, por cometer el delito de ser demasiado "flexible". En fin, en los tiempos que corren, parece que lo mejor es mantener prietas las filas!

No sé si tendrá mucho que ver lo descrito con el hecho de que "la política y los políticos" seamos percibidos como el tercer problema para la sociedad...(según las dos últimas series del Centro de Investigaciones Sociológicas). Me produce tristeza ver tantos colores en la foto del Ágora griega, al tiempo que en la foto de nuestras Cortes Generales sólo aparezcan el blanco y el negro, a pesar de los milenios que se interponen entre ambas fotos. Hay muchas cosas que cambiar, porque yo sigo pensando que la política es un oficio muy noble, el más noble de los oficios. Y creo el cambio es posible.